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FRAGOROSA DERROTA DE LA IZQUIERDA INTERNACIONAL

Colombia a salvo: “la trampa se rompió, y hemos quedado libres”

Alejandro Ezcurra Naón

Viernes 7 de octubre de 2016

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De izquierda a derecha, Juan Manuel Santos, Presidente de Colombia; Raúl Castro, dictador cubano y R. Londoño (a) Timochenko, cabecilla de las FARC.

El rechazo de los colombianos a los llamados “Acuerdos de Paz” entre el Gobierno de Juan Manuel Santos y la narcoguerrilla de las FARC, en el plebiscito del día 2 de octubre, significó una derrota de alcance histórico no solo para la guerrilla y sus cómplices en Colombia, sino para toda la izquierda internacional y su variopinto cortejo de “compañeros de ruta”, no pocos de ellos eclesiásticos.

Nunca antes América Latina había presenciado, para un asunto estrictamente de política interna de una de sus naciones, una presión internacional tan formidable como la que se ejerció para imponer a los colombianos la aceptación de esos acuerdos inicuos. Y nunca antes una jugada revolucionaria de esa envergadura había colapsado de manera tan estrepitosa.

La negociación de los acuerdos se realizó en La Habana en estricto secreto, a espaldas de la opinión pública, teniendo como articulador nada menos que al jerarca comunista cubano, Raúl Castro.

Absurdos en cadena para realizar una gigantesca demolición

Este paso fue el primero de una secuencia de absurdos en cadena, que surcan de punta a punta este proceso de “paz” signado por la irracionalidad. Santos pareció ignorar que el castro-comunismo tiene pesada responsabilidad en el ciclo de violencia desencadenada en Colombia desde los años 60, y aún antes. Vale recordar que en 1948 Fidel Castro, entonces con 21 años de edad, participó en Bogotá del sangriento motín llamado “bogotazo” que durante tres días incendió la ciudad, dejó miles de víctimas, y fue el punto inicial de la ola de violencia sin precedentes que se desató en el país. Años después, ya instalados en el poder en La Habana, los Castro promovieron la erupción de guerrillas marxistas en todo el continente, de la que resultaría en 1964 la creación de las FARC. Siendo así, ¿de qué especie de paz podían ellos ser articuladores, sino de una “paz” a la medida de la extrema izquierda?

Otro absurdo: los términos del acuerdo sólo se dieron a conocer pocas semanas antes del plebiscito, en un fatigoso documento de 297 páginas que evidentemente la gran mayoría de los 35 millones de votantes colombianos no tendrían posibilidad de conocer ni evaluar, siendo forzados a aprobar algo que no conocían.

Absurdo dentro del absurdo, las cláusulas del acuerdo —camufladas en un fraseado pacifista y técnico— equivalen a una rendición del Estado colombiano a las exigencias de las FARC, implicando una múltiple demolición: del ordenamiento constitucional, de la propiedad privada (comenzando por una “reforma rural” socialista y confiscatoria), de la familia y de la institucionalidad política, sustituida por un enjambre de “comisiones” estilo soviets, integradas conjuntamente por elementos de las FARC y del gobierno, y que en la práctica asumirían el manejo del país al margen del estado de derecho.

Como si esa irracionalidad no bastase, también los crímenes de las FARC quedarían impunes; el delito de narcotráfico dejaba de ser asunto penal para convertirse en tema “político”; los guerrilleros recibirían jugosas prebendas económicas al dejar las armas, y ocuparían decenas de curules de senadores y diputados sin necesidad de elegirse por voto popular.

O sea, este remedo de paz significaba, para las FARC, lo que Marx llamaba un “salto cualitativo brusco” para catapultarlos al poder e implantar su versión siglo XXI del comunismo: un comunismo updated, que acoge todas las reivindicaciones de los lobbies LGBT y de la perversa ideología de género (palabra que parece obsesionarles: es mencionada 114 veces en los acuerdos!). El comunismo y el liberalismo confluyen, así, en el intento de demoler los últimos restos de la civilización cristiana, revelando que son dos caras de una misma moneda ideológica.

Líderes mundiales instrumentalizados por las FARC

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El gigantesco show de la firma de los acuerdos en Cartagena, seis días antes del plebiscito.

La avasalladora presión político-publicitaria llegó a su clímax en el gigantesco show de la firma de los acuerdos, montado en la ciudad de Cartagena de Indias el día 26 de septiembre (o sea, seis días antes del plebiscito). Según el diario “El Tiempo”, esa “ceremonia protocolaria ... estaba diseñada para ser el impulso final a favor del ‘sí’” [1].

Figuras de primer plano político y económico mundial se prestaron a colaborar en ese “impulso final”: allí estaban, instrumentalizados por el dúo Santos-FARC, los secretarios de Estado del Vaticano y de los Estados Unidos; el Secretario General de la ONU; los presidentes del Banco Mundial y del FMI etc.; al lado de quince jefes de Estado de América Latina y del Caribe, más otros 2500 invitados.

Con semejantes apoyos, el gobierno se mostraba tan seguro del triunfo del “Sí”, que —nuevo absurdo— ni siquiera elaboró un plan alternativo para el caso de vencer el “No”. En esto, Santos actuó como un principiante y no tardaría en quedar en ridículo delante del mundo entero.

Al momento de firmarse los acuerdos, las principales encuestadoras parecían dar razón a esa temeridad: todas ellas sin excepción preveían un holgado triunfo del “Sí”: por ejemplo Ipsos-Napoleón Franco indicaba que después del show de Cartagena, el apoyo al “Si” habia subido al 66%. ¡Otras llegaron a darle el 75%!

Interferencia papal: ¿cómo explicar lo inexplicable?

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Lamentable intervención del Santo Padre.

En medio de ese optimismo, sin embargo, sonaban algunas alarmas: mediciones confidenciales alertaban acerca de que el “No” venía repuntando. Vino entonces el apoyo inesperado: faltando apenas dos días para la votación, se divulgaron en todos los medios colombianos estas palabras del Papa Francisco, pronunciadas al firmarse los acuerdos:

“Tengo que decir que el presidente Santos está arriesgando todo por la paz, pero hay otra parte que está arriesgando todo para continuar la guerra, y los que están con la guerra hieren el alma” [2]. También prometió viajar a Colombia, pero supeditado a que el acuerdo de paz “sea blindado en plebiscito. Y añadió en español: ¡Muchas gracias, Santos! [3].

¿Agradecer qué a Santos? ¿La entrega del país a la narcoguerrilla? Todos los colombianos interpretaron, con razón, este lamentable paso en falso papal como una indebida interferencia puramente política. Francisco parecía dar a entender que la paz sólo podía ser esa paz y no otra; que los que por cualquier razón justa se opusieran a esos acuerdos querían necesariamente “continuar la guerra”; y que si no ganara el “sí” él no viajaría a Colombia: una mal disimulada presión política, por tanto.

Ahora bien, justo esa semana el Papa había afirmado que “la teoría de género es un gran enemigo del matrimonio” y es el arma de “una guerra mundial para destruir el matrimonio” [4]. ¿Por qué, entonces, favorece unos acuerdos que, entre otras cláusulas nefastas, pretenden implementar esa misma ideología? ¿No percibe cuánto esa gritante contradicción mella su credibilidad y la de la propia Iglesia?

Sus palabras suscitaron de inmediato fuertes réplicas, como la del ex candidato presidencial y conocido dirigente católico José Galat Noumer, quien en una carta abierta a Francisco le señaló que la aprobación de esos acuerdos significaría establecer en Colombia “el socialismo del siglo XXI”, la nefasta ideología de género, y “un estado dictatorial, sin verdad, sin paz y sin justicia” [5].

Sorpresiva victoria del NO: triunfo de la sensatez, confusión y furor de la izquierda

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Todo estaba montado para festejar la victoria del “Sí”. La "sorpresa" fue enorme.

En ese clima se llegó al día de la votación. Contra toda expectativa se impuso el “No”. Fue por un margen pequeño —menos de 60 mil votos, sobre 13 millones— pero suficiente para echar por tierra una inaudita y colosal maniobra revolucionaria.

La prensa liberal y de izquierda no salía de su asombro y confusión. “Sorpresa” fue la palabra que dominó los titulares impresos, televisivos y de Internet. Todo estaba montado para festejar la victoria del “Sí”. Y de repente, en pocas horas, la gigantesca trama revolucionaria urdida durante varios años se desplomaba sin remedio...

El diario izquierdista español “El País”, oráculo de la caviaridad peruana e hispana , empeñado a fondo en el “Sí” con páginas y páginas dedicadas a publicitarlo, en su primer titular sobre el imprevisto resultado no pudo contener su desaliento y encono contra el pueblo colombiano: “Colombia se asoma al abismo al rechazar la paz con las FARC” (¡en realidad, el abismo hubiera sido votar por el “sí”!). E iniciaba así su relato: “En un mundo de locuras sin fronteras, Colombia optaba este domingo por dar un salto al vacío o ser ejemplo para el planeta. Ganó la primera opción”. La ofuscación ideológica le impidió ver que el resultado fue precisamente lo contrario de “locuras”: Colombia evitó saltar al vacío al decir NO al engaño, y con ello dio al mundo una lección de sensatez, de racionalidad y de cordura.

El expresivo título de un artículo del sacerdote populista argentino Eduardo de la Serna, cabeza del llamado “Grupo de Curas en Opción por los Pobres” de su país, “¡Cuánto duele Colombia!” , resumió perfectamente la consternación y el desánimo que cunden en la izquierda [6].

Completamos esta nota cinco días después del plebiscito. El último capítulo del show de los acuerdos ha sido el anuncio de que el día de hoy le fue otorgado al presidente Santos el Premio Nobel de la Paz. Ese galardón, aunque ha perdido mucho de su valor y significado, estaba obviamente previsto para ser el acto final, la “cereza en el chantilly” que coronaría triunfalmente todo el proceso, tras ser ratificado por el “Sí” en las urnas. Faltando ese “Sí” quedó como una distinción sin sentido, un “premio consuelo” de sabor amargo, que condecora lo que el pueblo colombiano rechazó: el desatino final de una cadena de absurdos.

Las razones profundas de un NO, y el impasse para la Revolución

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Luis Fernando Escobar, Director del Centro Cultural Cruzada, coordina acciones con directivos de otras instituciones que trabajaron por el "NO".

Mientras la credibilidad de las encuestadoras colombianas ha quedado —una vez más— merecidamente por los suelos, las desconcertadas izquierdas y su cohorte de “tontos útiles” liberales todavía siguen preguntándose qué sucedió, por qué hubo ese vuelco de opinión hacia el “No”.

La explicación es bien simple: todo aquello que el binomio Santos-FARC quiso esconderle a la nación en materia de concesiones inadmisibles a la narcoguerrilla, acabó finalmente saliendo a luz. Y esto, lo decimos con verdadera alegría, se debió en considerable medida a las campañas de denuncia llevadas a cabo por nuestras asociaciones hermanas en Colombia, la Sociedad Colombiana Tradición y Acción y el Centro Cultural Cruzada. Por cierto hubo denuncias similares de gran mérito, como las efectuadas por el ex Procurador General Alejandro Ordóñez Maldonado y otros, pero sin duda las realizadas por Cruzada y Tradición y Acción tuvieron un impacto considerable.

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Jóvenes del Centro Cultural Cruzada en las calles, en contacto directo con el público.

Durante tres años, y con mayor intensidad a medida que se aproximaba la fecha del plebiscito, dichas asociaciones se entregaron a una persistente y sacrificada labor de esclarecimiento a la población (cuyo elenco de acciones es tan numeroso que sería imposible listarlo aquí), consistente en manifiestos, libros, folletos, comunicados, declaraciones, conferencias, reportajes por radio y TV y, sobre todo, constantes campañas públicas que se revelaron de una extraordinaria eficacia para contrarrestar en la calle, persona por persona, la avasalladora propaganda a favor de “Sí”.

Esa actuación culminó en la semana previa al plebiscito, con la publicación en tres de los mayores periódicos del país, “El Tiempo” de Bogotá, “El Colombiano” de Medellín y “El País” de Cali, de un manifiesto que ponía al descubierto la iniquidad de los acuerdos, titulado “NO a la entrega del país a las FARC – El Estado de Derecho será reemplazado por soviets, para hacer de Colombia un país socialista”  [7] y una impactante carta a todos los Obispos del país acompañada de miles de firmas, “Católicos colombianos piden a los obispos: ¡Rechacen los acuerdos de la Habana!”  [8]. Paralelamente grupos de jóvenes de Tradición y Acción difundían en calles de Bogotá decenas de miles de volantes “Colombia pide NO” a los acuerdos de la Habana.

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Campaña pública de la Sociedad Colombiana Tradición y Acción contra la falsa paz, en las calles de Bogotá.

Esos tres documentos, publicados también en diarios de Panamá y de Miami, donde hay gran presencia colombiana, ponían al descubierto las concesiones ocultas al comunismo incluidas en los acuerdos. evocando las palabras de Nuestro Señor: “No hay nada oculto que no se descubra algún día, ni nada secreto que no deba ser conocido y divulgado” (Luc. 8, 17). El pueblo comprendió que estaba siendo engañado: y el resultado del plebiscito mostró que muchos lograron abrir los ojos a tiempo.

Está creado, así, un impasse en las negociaciones de paz. Sea cual fuere el futuro de estas, los colombianos han quedado advertidos, y eventuales nuevas negociaciones ya no podrán ser realizadas en la sombra, ni a sus espaldas.

Los colombianos le deben a su Patrona, Nuestra Señora de Chiquinquirá, un sentido agradecimiento por este extraordinario resultado: laqueus contritus est, et nos liberati sumus – “La trampa se rompió, y hemos quedado libres” (Sal. 124, 7).



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Comentarios

  • El premio Nobel a Santos parece una cruel ironía. ¿Premiar un fracaso? ¿Galardonar los malhadados acuerdos que el pueblo rechazó?
    No entiendo: cuando nombraron a Messi el mejor jugador del sudamericano de Santiago, después de haber perdido la final con Chile por penales, él declinó el premio. que quedó desierto. Hizo lo correcto.
    Santos es un perdedor. Si tuviera honor, o al menos algo de vergüenza. no debería aceptar el Nobel.

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  • También el año anterior Messi recibió el Balón de Oro como el mejor jugador del Mundial de Brasil. Pero como Argentina había perdido 1-0 la final con Alemania, no hizo ningún alarde y lo recibió discretamente, "con la cara triste y resignada", decía el ’Sport’ de España.
    Esa misma discreción debería mostrar Santos con el Nobel. Todos los colombianos queremos la paz, pero que sea digna y verdadera: "tranquilidad en el orden" y no el mamotreto de La Habana.

    Responder

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