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Tres rostros de la Revolución

Plinio Corrêa de Oliveira

Miércoles 1ro de noviembre de 2017

Como en sucesivas oportunidades hemos expuesto en “Catolicismo”, la explosión protestante del siglo XVI, la Revolución Francesa, la Revolución Comunista constituyen algo como tres fases de un movimiento inmenso, uno por el espíritu, por los objetivos y hasta por los métodos.

En la fisonomía de tres de sus líderes, la sección “Ambientes, Costumbres, Civilizaciones” quiere mostrar hoy algunos de los trazos de alma de este movimiento, es decir, algo del espíritu de la Revolución.

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En la foto de Lutero muerto (cuadro de Lucas Furtenagel, Biblioteca de la Universidad de Leipzig) un análisis detallado revela, en la grosería de los rasgos, la nota característica del demagogo lleno de sí mismo; del alborotador cuya prédica tantos errores y tanta rebelión difundió, y tanta sangre hizo derramar. Pero la primera impresión que sobresale inmediatamente, y se convierte en definitiva en el espíritu del observador, es la sensualidad, el amor excesivo de los regalos de todo tipo, que produce a primera vista una sensación dolorosa.

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En Robespierre, cuya máscara mortuoria se conserva en el Museo Tussaud reproducida aquí, lo que se expresa es principalmente el odio. Un odio tan profundo, tan avasallador, que, sin haber abolido la sensualidad, es la nota dominante de su fisonomía. Esos labios cerrados para siempre parecen sin embargo destilar algo de la predicación de la violencia y muerte de la era el Terror. Esos ojos que ya no ven parecen conservar una expresión de odio viperino. La frente abovedada da la sensación que todavía está rumiando piezas oratorias incendiarias y planes de subversión. Todo él no es sino odio igualitario, tanto en el plan especulativo como en el militante: un deseo inmenso de destruir todo lo que, por cualquier razón, sea superior a él.

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La tercera fotografía presenta a Ernesto “Che” Guevara, el argentino trasplantado a Cuba, que expresa tan auténticamente el cuño marxista de la revolución cubana.

Los cabellos, que parecen no haber sido cortados ni lavados desde hace mucho tiempo; un bigote ralo y deshilachado, cuyos extremos acaban uniéndose con una barba de contornos inciertos, formando un sólo marco de desaliño y desorden, que producen una repulsión instintiva, pero que buscan despertar una impresión de naturalidad y de falta de pretensión extremadas.

Por su parte, la mirada, de un brillo inusual, y la sonrisa buscan dar una cierta idea de cordialidad y amabilidad un tanto mística.

Este hombre de apariencia dulce es uno de los soportes del régimen del “paredón”, donde tantas víctimas han sido cruelmente inmoladas; del régimen que mueve contra la Iglesia una persecución enteramente del estilo de Robespierre o de Lenin.

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Si la fisonomía de Lutero expresa sobre todo la avidez de los placeres del cuerpo, y la de Robespierre sobre todo el odio igualitario, la del “Che” Guevara representa una de las máscaras más recientes de la revolución, es decir, la bondad falsa ocultando la peor de las violencias.

Publicado originalmente en la revista "Catolicismo" Nº 121, de enero de 1961.



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