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MIENTRAS JÓVENES MUEREN, EL DÉSPOTA BAILA...

De Nerón a Maduro, el comienzo del fin

Alejandro Ezcurra Naón

Martes 9 de mayo de 2017

Mientras el número de muertos en las manifestaciones de protesta contra el gobierno marxista de Venezuela no cesa de aumentar —al momento en que escribimos esta nota ya se cuentan 39 fallecidos y al menos 717 heridos, la mayoría de ellos víctimas de una brutal represión policial, militar y de paramilitares—, el presidente Nicolás Maduro profundiza el sesgo tiránico de su régimen.

Intempestivamente el mandatario anunció que convocará una Constituyente. Es, obviamente, un escape para eludir las elecciones regionales que deberían realizarse a más tardar en el segundo semestre de este año, y en las cuales el gobierno chavista se expone a una derrota fragorosa, que podría significar el principio del fin de su mesianismo revolucionario, el llamado socialismo bolivariano. Pero es también una forma de profundizar el deslizar de su régimen hacia una tiranía comunista.

El rechazo popular a Maduro es unánime. Las cifras del colapso económico, social y sobre todo moral que exhibe su gobierno son escalofriantes. De próspero país de inmigración que fuera en la segunda mitad del siglo pasado —destacándose los cientos de miles de europeos que allí aportaron—, Venezuela pasó a ser hoy un ruinoso país de emigración. Más que emigrar, sus ciudadanos huyen como pueden de la miseria, el hambre, la violencia y la falta de oportunidades de vida digna, propias del infierno comunista.

El número de medias y pequeñas empresas que han cerrado sus puertas ya supera las 500 mil. Los derechos y garantías individuales prácticamente no existen. Presos políticos sin juicio o con procesos irregulares pueblan las cárceles. En un contexto tan asfixiante, no extraña que desde comienzos de año estallasen multitudinarias protestas en todo el país, que se han ido intensificando, con reclamo de elecciones, libertad, y un cambio de régimen.

La represión ha sido brutal, con una saña que recuerda las practicadas en los años 50 y 60 por los regímenes comunistas instalados en Europa oriental. Videos exponiendo la violencia policial —por ejemplo efectivos disparando bombas lacrimógenas a quemarropa a estudiantes, o un militar que dispara a un joven caído para rematarlo—, circulan por las redes sociales, exhibiendo una realidad de abusos atroces.

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La Guardia Nacional Bolivariana disparando bombas lacrimógenas a quemarropa en Venezuela - BBC Mundo

En un país enlutado que llora a sus (hasta ahora) 39 víctimas —en su mayoría jóvenes estudiantes—, hay alguien a quien ese trágico saldo parece no conmover: el tiranuelo represor Nicolás Maduro.

Mientras las cifras de sus jóvenes compatriotas muertos crecen, él se divierte jugando béisbol, inaugurando una feria de animales —donde a falta de público que le prestara oídos discursó para las vacas de un establo, pidiendo apoyo político (!!!)—, como también demostrando sus habilidades de bailarín tropical.

El mismo día en que varios jóvenes caían baleados por las fuerzas policiales, Maduro salseaba alegremente... El contraste es surrealista, dantesco, y evoca otra escena de naturaleza similar.

En el año 64 d.C. un pavoroso incendio devoró durante seis días parte de la ciudad de Roma. El emperador Lucio Domitio Nerón aprovechó la oportunidad para acusar del siniestro a los cristianos y desencadenar contra estos la primera gran persecución ocurrida en el Imperio Romano. También se popularizó la versión —no confirmada por fuentes históricas— de que el mismo Nerón habría promovido el incendio de la urbe, para poder reconstruirla a su capricho. Y que mientras contemplaba las llamas devorando la ciudad, desde una colina tocaba la lira y cantaba, extasiado, festejando la destrucción.

Leyenda o realidad, lo cierto es que, casi inmediatamente, una serie de desventuras comenzó a abatirse sobre Nerón. Hasta que, cuatro años después del incendio, temeroso de enfrentar el rechazo suscitado en la élite romana como en el pueblo por sus locuras, extravagancias y violencias, en una Roma que ya sufría hambre por la falta de trigo, acorralado por el descontento de los generales y gobernadores, y amenazado de un vergonzoso proceso de destitución y castigo, el déspota acabó suicidándose con ayuda de un esclavo.

* * *

Venezuela no es la Roma antigua, ni el petulante presidente Maduro tiene estatura humana para ser un Nerón. No obstante, cuántas analogías de situaciones entre el hundimiento social, económico y moral de la Venezuela de hoy con los últimos años de aquel sátrapa romano...

Insensible al trágico descalabro de su país, a los muertos que lo simbolizan, y a su propia responsabilidad en la tragedia, Maduro baila. Sólo faltaría, para completar el simbolismo de la escena, que su baile fuese amenizado por la orquesta que seguía tocando en el salón del Titanic mientras el navío se iba a pique, o por la legendaria lira que pulsaba Nerón mientras las llamas consumían Roma.

Por cierto, este grotesco escarnio a Dios y al pueblo venezolano no quedará sin respuesta de la Providencia. Tal como ocurrió en los países europeos sojuzgados durante décadas por el comunismo, el hundimiento de Venezuela acarreará consigo, inevitablemente, el fin del madurochavismo. El pueblo ya lo rechazó. El resto es cuestión de (poco) tiempo.



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