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ESPECIAL - SEMANA SANTA 2012

Via Crucis

Plinio Corrêa de Oliveira

Lunes 2 de abril de 2012


Asociándonos a las conmemoraciones de la Pasión del Salvador, publicamos este inspirado Via Crucis compuesto por Plinio Corrêa de Oliveira, que conjuga una piedad seria, profunda y varonil con una extraordinaria adecuación a la situación actual de la Iglesia y el mundo.



I
Estación


Jesús es
condenado a muerte


V.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.


R.
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.




El
juez que

cometió el crimen profesional más monstruoso de toda la historia no
fue impulsado a ello por el tumulto de ninguna pasión ardiente. No
lo cegó el odio ideológico, ni la ambición de nuevas riquezas, ni
el deseo de complacer a ninguna Salomé. Lo movió a condenar al
Justo el recelo de perder el cargo pareciendo poco celoso de las
prerrogativas del César; el miedo de crear para sí complicaciones
políticas, desagradando al populacho judío; el miedo instintivo de
decir “no”, de hacer lo contrario de lo que se pide, de enfrentar
el ambiente con actitudes y opiniones diferentes de las que en él
imperan.


Vos, Señor, lo
mirasteis por largo tiempo con aquella mirada que en un segundo obró
la salvación de Pedro. Era una mirada en la que trasparecía vuestra
suprema perfección moral, vuestra infinita inocencia, y sin embargo
él os condenó.


¡Oh, Señor,
cuántas veces imité a Pilatos! ¡Cuántas veces por amor a mi
carrera dejé que en mi presencia la ortodoxia fuese perseguida, y me
callé! ¡Cuántas veces presencié de brazos cruzados la lucha y el
martirio de los que defienden vuestra Iglesia! Y no tuve el coraje de
darles siquiera una palabra de apoyo, por la abominable pereza de
enfrentar a los que me rodean, de decir “no” a los que forman mi
ambiente, por el miedo de ser “diferente de los demás”. Como si
me hubieseis creado, Señor, no para imitaros sino para imitar
servilmente a mis compañeros.


En aquel instante
doloroso de la condenación, Vos sufristeis por todos los cobardes,
por todos los muelles, por todos los tibios… por mí, Señor.


Jesús mío,
perdón y misericordia. Por la fortaleza de que me disteis ejemplo
arrostrando la impopularidad y enfrentando la sentencia del
magistrado romano, curad en mi alma la llaga de la molicie.




Padre
Nuestro, Ave María, Gloria.


V.
Ten piedad de nosotros, Señor


R.
Señor, ten piedad de nosotros.


V.
Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios
descansen en paz.


R.
Amén.


II
Estación


Jesús lleva la
Cruz a cuestas


V.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.


R.
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.




Se
inicia así
,
mi adorado Señor, vuestra marcha hacia el lugar de la inmolación.
No quiso el Padre Celestial que fueseis muerto de un golpe
fulminante. Vos habríais de enseñarnos en vuestra Pasión, no sólo
a morir, sino a enfrentar la muerte. Enfrentarla con serenidad, sin
vacilación ni flaqueza, caminando hacia ella con el paso resuelto
del guerrero que avanza hacia el combate; he ahí la admirable
lección que me dais.


Frente al dolor,
Dios mío, cuánta es mi cobardía. Ora contemporizo antes de tomar
mi cruz; ora retrocedo, traicionando el deber; ora, por fin, yo lo
acepto, mas con tanto tedio, tanta molicie, que parezco odiar el
fardo que vuestra voluntad me pone sobre los hombros.


En otras
ocasiones, ¡cuántas veces cierro los ojos para no ver el dolor! Me
ciego voluntariamente con un optimismo estúpido, porque no tengo el
coraje de enfrentar la prueba, y por eso me miento a mí mismo: “no
es verdad que la renuncia a aquel placer se me impone para que no
caiga en pecado; no es verdad que debo vencer aquel hábito que
favorece mis más entrañadas pasiones; no es verdad que debo
abandonar aquel ambiente, aquella amistad, que minan y arruinan toda
mi vida espiritual; no, nada de esto es verdad…”, cierro los
ojos, y arrojo a un lado mi cruz.


¡Jesús mío,
perdonadme tanta pereza, y por la llaga que la Cruz abrió en
vuestros hombros, curad, Padre de las Misericordias, la llaga
horrible que en mi alma abrí con años enteros vividos en el
relajamiento interior y en la condescendencia conmigo mismo!




Padre
Nuestro, Ave María, Gloria.


V.
Ten piedad de nosotros, Señor.


R.
Señor, ten piedad de nosotros.


V.
Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios
descansen en paz.


R.
Amén.


III
Estación


Jesús cae por
primera vez


V.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.


R.
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.




¿Cómo,
entonces,

Señor? ¿No os era lícito abandonar vuestra Cruz? Pues si la
cargasteis hasta que todas vuestras fuerzas se agotaron, hasta que el
peso insoportable del madero os lanzara por tierra, ¿no estaba por
demás probado que os era imposible proseguir? Estaba cumplido
vuestro deber. Que los ángeles del Cielo llevasen ahora por Vos la
Cruz. Vos habíais sufrido en toda la medida de lo posible. ¿Qué
más habríais de dar?


Sin embargo,
actuasteis de otro modo, y disteis a mi cobardía una alta lección.
Agotadas vuestras fuerzas, no renunciasteis al fardo, sino que
pedisteis más fuerzas aún, para cargar nuevamente la Cruz. Y las
obtuvisteis.


Es difícil hoy la
vida del cristiano. Obligado a luchar sin tregua contra sí mismo
para mantenerse en la línea de los Mandamientos, parece una
excepción extravagante en un mundo que alardea en la lujuria y en la
opulencia la alegría de vivir. Nos pesa en los hombros la cruz de la
fidelidad a vuestra Ley, Señor. Y a veces el aliento parece
faltarnos.


En estos instantes
de prueba, sofismamos: “Ya hicimos cuanto en nosotros estaba. Al
final, son tan limitadas las fuerzas del hombre. Dios tendrá esto en
cuenta… Dejemos caer la cruz a la vera del camino y hundámonos
suavemente en la vida del placer”. ¡Ah, cuántas cruces
abandonadas a la vera de nuestros caminos, quizás a la vera de mis
caminos!


Dadme, Jesús, la
gracia de quedar abrazado a mi cruz, aun cuando yo desfallezca bajo
el peso de ella. Dadme la gracia de reerguirme siempre que hubiere
desfallecido. Dadme, Señor, la gracia suprema de nunca salir del
camino por donde debo llegar a lo alto de mi propio calvario.




Padre
Nuestro, Ave María, Gloria.


V.
Ten piedad de nosotros, Señor.


R.
Señor, ten piedad de nosotros.


V.
Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios
descansen en paz.


R.
Amén.


IV
Estación


Encuentro de
Jesús con su Madre


V.
Te s adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.


R.
Porque por tu Santa Cruz redimisteis al mundo.




¿Quién,
Señora,

viéndoos así en llanto, osaría preguntar por qué lloráis? Ni la
tierra, ni el mar, ni todo el firmamento, podrían servir de término
de comparación a vuestro dolor. Dadme, Madre mía, un poco por lo
menos de ese dolor. Dadme la gracia de llorar a Jesús, con las
lágrimas de una compunción sincera y profunda.


Sufrís en unión
a Jesús. Dadme la gracia de sufrir como Vos y como Él. Vuestro
mayor dolor no fue por contemplar los inexpresables padecimientos
corporales de vuestro Divino Hijo. ¿Qué son los males del cuerpo en
comparación con los del alma? ¡Si Jesús sufriese todos aquellos
tormentos, pero a su lado hubiese corazones compasivos…! ¡Si el
odio más estúpido, más injusto, más torpe, no hiriese al Sagrado
Corazón enormemente más de lo que el peso de la Cruz y los malos
tratos herían el cuerpo de Nuestro Señor! Pero la manifestación
tumultuosa del odio y de la ingratitud de aquellos a quienes Él
había amado… a dos pasos, estaba un leproso a quien había curado…
más lejos un ciego a quien había restituido la vista… poco más
allá un sufridor a quien había devuelto la paz. Y todos pedían su
muerte, todos le odiaban, todos le injuriaban. Todo esto hacía
sufrir a Jesús inmensamente más que los inexpresables dolores que
pesaban sobre su Cuerpo.


Y había algo
peor, había el peor de los males. Había el pecado, el pecado
declarado, el pecado inmenso, el pecado atroz. ¡Si todas aquellas
ingratitudes fuesen hechas al mejor de los hombres, pero, por
absurdo, no ofendiesen a Dios…! Mas ellas eran hechas al Hombre
Dios, y constituían contra toda la Trinidad Santísima un pecado
supremo. He ahí el mal mayor de la injusticia y de la ingratitud.


Este mal no está
tanto en herir los derechos del bienhechor, sino en ofender a Dios. Y
de tantas y tantas causas de dolor, la que más os hacía sufrir,
Madre Santísima, Redentor Divino, era por cierto el pecado.


¿Y yo? ¿Me
acuerdo de mis pecados? ¿Me acuerdo, por ejemplo, de mi primer
pecado, o de mi pecado más reciente? ¿De la hora en que lo cometí,
del lugar, de las personas que me rodeaban, de los motivos que me
llevaron a pecar? Si yo hubiese pensado en toda la ofensa que os
causa un pecado, ¿habría osado desobedeceros, Señor?


Oh, Madre mía,
por el dolor del santo encuentro, obtenedme la gracia de tener
siempre delante de los ojos a Jesús sufridor y llagado, precisamente
como lo visteis en este paso de la Pasión.




Padre
Nuestro, Ave María, Gloria.


V.
Ten piedad de nosotros, Señor.


R.
Señor, ten piedad de nosotros.


V.
Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios
descansen en paz.


R.
Amén.


V
Estación


Jesús ayudado
a llevar la Cruz por el Cirineo


V.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.


R.
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.




¿Quién
era

este Simón? ¿Qué se sabe de él, sino que era de Cirene? ¿Y qué
sabe la generalidad de los hombres sobre Cirene, sino que era la
tierra de Simón? Tanto el hombre como la ciudad emergieron de la
oscuridad para la gloria, y para la más alta de las glorias, que es
la gloria sagrada, en un momento en que muy distintos eran los
pensamientos del Cirineo.


Él venía
despreocupado por la calle. Pensaba tan sólo en los pequeños
problemas y en los pequeños intereses de que se compone la vida
menuda de la mayor parte de los hombres. Pero Vos, Señor,
atravesasteis su camino con vuestras Llagas, vuestra Cruz, vuestro
inmenso dolor. Y a este Simón le tocó tomar posición ante Vos. Lo
forzaron a cargar la Cruz con Vos. O él la cargaría malhumorado,
indiferente a Vos, procurando volverse simpático al pueblo por medio
de algún nuevo modo de aumentar vuestros tormentos de alma y de
cuerpo; o la cargaría con amor, con compasión, desdeñoso del
populacho, procurando aliviaros, procurando sufrir en sí un poco de
vuestro dolor, para que sufrieseis un poco menos. El Cirineo prefirió
padecer con Vos. Y por esto su nombre es repetido con amor, con
gratitud, con santa envidia, desde hace dos mil años, por todos los
hombres de fe, en toda la faz de la tierra, y así continuará siendo
hasta la consumación de los siglos.


También por mis
caminos Vos pasasteis, mi Jesús. Pasasteis cuando me llamasteis de
las tinieblas del paganismo para el seno de vuestra Iglesia, con el
santo Bautismo. Pasasteis cuando mis padres me enseñaron a rezar.
Pasasteis cuando en las clases de catecismo comencé a abrir mi alma
para la verdadera doctrina católica. Pasasteis en mi primera
Confesión, en mi primera Comunión, en todos los momentos en que
vacilé y me amparasteis, en todos los momentos en que caí y me
reerguisteis, en todos los momentos en que pedí y me atendisteis.


¿Y yo, Señor?
Aun ahora pasáis por mí en este ejercicio del viacrucis. ¿Qué
hago cuando vos pasáis por mí?




Padre
Nuestro, Ave María, Gloria.


V.
Ten piedad de nosotros, Señor.


R.
Señor, ten piedad de nosotros.


V.
Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios
descansen en paz.


R.
Amén.


VI
Estación


La Verónica
enjuga el rostro de Jesús


V.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.


R.
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.




Se
diría a primera vista,
que
mayor premio jamás hubo en la historia. En efecto, ¿qué rey tuvo
en las manos tejido más precioso que aquel Velo? ¿Qué general tuvo
bandera más augusta? ¿Qué gesto de coraje y dedicación fue
recompensado con favor más extraordinario?


Sin embargo hay
una gracia que vale mucho más que la de poseer milagrosamente
estampada en un velo la Santa Faz del Salvador. En el Velo, la
representación del Rostro divino fue hecha como en un cuadro. En la
Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, es hecha como en un
espejo.


En sus
instituciones, en su doctrina, en sus leyes, en su unidad, en su
universalidad, en su insuperable catolicidad, la Iglesia es un
verdadero espejo en el cual se refleja nuestro Divino Salvador. Más
aún, Ella es el propio Cuerpo Místico de Cristo.


¡Y nosotros,
todos nosotros, tenemos la gracia de pertenecer a la Iglesia, de ser
piedras vivas de la Iglesia!


¡Cómo
debemos agradecer este favor! No nos olvidemos, sin embargo, de que
noblesse
oblige
”.
Pertenecer a la Iglesia es cosa muy alta y muy ardua. Debemos pensar
como la Iglesia piensa, sentir como la Iglesia siente, actuar como la
Iglesia quiere que procedamos en todas las circunstancias de nuestra
vida. Esto supone un sentido católico real, una pureza de costumbres
auténtica y completa, una piedad profunda y sincera. En otros
términos, supone el sacrificio de una existencia entera.


¿Y
cuál es el premio?
Christianus
alter Christus
.
Yo
seré de modo eximio una reproducción del propio Cristo. La
semejanza de Cristo se imprimirá, viva y sagrada, en mi propia alma.


Ah, Señor, si es
grande la gracia concedida a la Verónica, cuánto mayor es el favor
que a mí me prometéis.


Os pido fuerza y
resolución para, por medio de una fidelidad a toda prueba,
alcanzarlo verdaderamente.




Padre
Nuestro, Ave María, Gloria.


V.
T Ten piedad de nosotros, Señor.


R.
Señor, ten piedad de nosotros.


V.
Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios
descansen en paz.


R.
Amén.


VII
Estación


Jesús cae por
segunda vez


V.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.


R.
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.




Caer,
quedar tendido

en el suelo, quedar a los pies de todos, dar pública manifestación
de ya no tener fuerzas, son éstas las humillaciones a que Vos os
quisisteis sujetar, Señor, para mi lección. De Vos nadie se
compadeció. Redoblaron las injurias y los malos tratos. Y mientras
tanto Vuestra gracia solicitaba en vano, en lo íntimo de aquellos
corazones empedernidos, un movimiento de piedad.


Aún en este
momento quisisteis continuar vuestra Pasión para salvar a los
hombres. ¿Qué hombres? Todos, inclusive los que allí estaban
aumentando de todos los modos vuestro dolor.


En mi apostolado,
Señor, deberé continuar aun cuando todas mis obras estuviesen por
el suelo, aun cuando todos se unieren para atacarme, aun cuando la
ingratitud y la perversidad de aquellos a quienes quise hacer el bien
se vuelvan contra mí.


No tendré la
flaqueza de cambiar de camino para agradarlos. Mis vías sólo pueden
ser las vuestras, esto es las vías de la ortodoxia, de la pureza, de
la austeridad. Mas, en vuestros caminos sufriré por ellos. Y unidos
mis dolores imperfectos a vuestro dolor perfecto, a vuestro dolor
infinitamente precioso, continuaré haciéndoles bien. Para que se
salven, o para que las gracias rechazadas se acumulen sobre ellos
como brasas ardientes, clamando por castigo. Fue lo que hicisteis con
el pueblo deicida, y con todos aquellos que hasta el final os
rechazaron.




Padre
Nuestro, Ave María, Gloria.


V.
Ten piedad de nosotros, Señor.


R.
Señor, ten piedad de nosotros.


V.
Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios
descansen en paz.


R.
Amén.


VIII
Estación


Jesús consuela
a las hijas de Jerusalén


V.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.


R.
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.




No
faltaron
entonces
almas buenas, que percibían la enormidad del pecado que se
practicaba y temían la justicia divina.


¿No presencio yo
algún pecado así? Hoy en día, ¿no es verdad que el Vicario de
Cristo es contestado abandonado, traicionado? ¿No es verdad que las
leyes, las instituciones, las costumbres son cada vez más hostiles a
Jesucristo? ¿No es verdad que se construye todo un mundo, toda una
civilización basada sobre la negación de Jesucristo? ¿No es verdad
que Nuestra Señora habló en Fátima señalando todos estos pecados
y pidiendo penitencia?


Entretanto, ¿dónde
está esa penitencia? ¿Cuántos son los que realmente ven el pecado
y procuran señalarlo, denunciarlo, combatirlo, disputarle paso a
paso el terreno, erguir contra él toda una cruzada de ideas, de
actos, de viva fuerza si fuere necesario? ¿Cuántos son capaces de
desplegar el estandarte de la ortodoxia absoluta y sin mancha, en los
propios lugares donde campea la impiedad o la falsa piedad? ¿Cuántos
son los que viven en unión con la Iglesia este momento que es
trágico como trágica fue la Pasión, este momento crucial de la
historia en que una humanidad entera está optando por Cristo o
contra Cristo?


¡Ah, Dios mío,
cuántos miopes que prefieren no ver ni presentir la realidad que les
entra por los ojos! ¡Cuánta calma, cuánto bienestar menudo, cuánta
pequeña delicia rutinaria! ¡Cuánto sabroso plato de lentejas para
comer!


Dadme,
Jesús, la gracia de no ser de este número. La gracia de seguir
vuestro consejo, esto es, de llorar por nosotros y por los nuestros.
No con un llanto estéril, sino con un llanto que se vierte a
vuestros pies, y que, fecundado por Vos, se transforma para nosotros
en perdón, en energías de apostolado, de luch
a,
d
e
intrepidez.




Padre
Nuestro, Ave María, Gloria.


V.
Ten piedad de nosotros, Señor.


R.
Señor, ten piedad de nosotros.


V.
Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios
descansen en paz.


R.
Amén.




IX
Estación


Jesús cae por
tercera vez


V.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.


R.
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.




Estáis,
Señor
mío,
más cansado, más débil, más llagado, más exangüe que nunca.
¿Qué os espera? ¿Llegasteis al término? No. Precisamente lo peor
está por suceder. El crimen más atroz aún está por ser cometido.
Los dolores mayores aún están por ser sufridos. Estáis por tierra
por tercera vez y, sin embargo, todo esto que quedó atrás no es
sino un prefacio. Y he aquí que os veo nuevamente moviendo ese
Cuerpo que es todo él una llaga. Lo que parecía imposible se opera,
y una vez más os ponéis de pie lentamente, aunque cada movimiento
sea para Vos un dolor más. Ahí estáis.,Señor, de pie, una vez
más… con vuestra Cruz. Supisteis encontrar nuevas fuerzas, nuevas
energías, y continuáis. Tres caídas, tres lecciones iguales de
perseverancia, cada una más lacerante y más expresiva que la otra.


¿Por qué tanta
insistencia? Porque es insistente nuestra cobardía. Nos resolvemos a
tomar nuestra cruz, pero la cobardía vuelve siempre a la carga. Y
para que ella quedase sin pretextos en nuestra flaqueza, quisisteis
Vos mismo repetir tres veces la lección.


Sí, nuestra
flaqueza no puede servirnos de pretexto. La gracia, que Dios nunca
niega, puede lo que las fuerzas meramente naturales no podrían.


Dios quiere ser
servido hasta el último aliento, hasta la extenuación de la última
energía, y multiplica nuestras capacidades de sufrir y de actuar,
para que nuestra dedicación llegue a los extremos de lo
imprevisible, de lo inverosímil, de lo milagroso. La medida de amar
a Dios consiste en amarlo sin medida, dijo San Francisco de Sales. La
medida de luchar por Dios consiste en luchar sin medida, diríamos
nosotros.


Yo, sin embargo,
¡cómo me canso de prisa! En mis obras de apostolado, el menor
sacrificio me detiene, el menor esfuerzo me causa horror, la menor
lucha me pone en fuga. Me gusta el apostolado, sí. Un apostolado
enteramente conforme a mis preferencias y fantasías, al que me
entrego cuando quiero, como quiero y porque quiero. Y después juzgo
haber dado a Dios una inmensa limosna.


Pero Dios no se
contenta con esto. Para la Iglesia, quiere Él toda mi vida, quiere
organización, quiere sagacidad, quiere intrepidez; quiere la
inocencia de la paloma, pero también la astucia de la serpiente; la
dulzura de la oveja, mas también la cólera irresistible y
avasalladora del león. Si fuera preciso sacrificar carrera,
amistades, vínculos de parentesco, vanidades mezquinas, hábitos
inveterados, para servir a Nuestro Señor, debo hacerlo. Pues este
paso de la Pasión me enseña que a Dios debemos darlo todo,
absolutamente todo, y después de haberlo dado todo aún debemos dar
nuestra propia vida.




Padre
Nuestro, Ave María, Gloria.


V.
Ten piedad de nosotros, Señor.


R.
Señor, ten piedad de nosotros.


V.
Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios
descansen en paz.


R.
Amén.


X
Estación


Jesús es
despojado de sus vestiduras


V.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.


R.
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.




Todo,
sí,
¡absolutamente
todo! Hasta vergüenza debemos sufrir por amor a Dios y para la
salvación de las almas.


Ahí está la
prueba. El Puro por excelencia fue desnudado, y los impuros le
escarnecieron en su pureza. Y Nuestro Señor resistió a las burlas
de la impureza.


¿No parece
insignificante que resista a la burla quien ya resistió tantos
tormentos? Sin embargo, esta otra lección nos era necesaria. Por el
desprecio de una criada, San Pedro lo negó. ¡Cuántos hombres
habrán abandonado a Nuestro Señor por temor al ridículo! Pues si
hay gente que va a la guerra a exponerse a las balas y a la muerte
para no ser escarnecida como cobarde, ¿no es cierto que hay hombres
que tienen más temor a una risa que a cualquier otra cosa?


El Divino Maestro
enfrentó el ridículo. Y nos enseñó que nada es ridículo cuando
está en la línea de la virtud y del bien.


Enseñadme, Señor,
a reflejar en mí, la majestad de vuestro semblante y la fuerza de
vuestra perseverancia, cuando los impíos quieran manejar contra mí
el arma del ridículo.




Padre
Nuestro, Ave María, Gloria.


V.
Ten piedad de nosotros, Señor.


R.
Señor, ten piedad de nosotros.


V.
Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios
descansen en paz.


R.
Amén.




XI
Estación


Jesús es
clavado en la Cruz


V.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.


R.
Porque por vuestra Santa Cruz redimiste al mundo.




La
impiedad escogió

para Vos, Señor mío, el peor de los tormentos finales. El peor, sí,
pues es el que hace morir lentamente, el que produce sufrimientos
mayores, el que más infamaba porque era reservado a los criminales
más abyectos. Todo fue preparado por el infierno para haceros
sufrir, ya sea en el alma, ya sea en el cuerpo. ¿Este odio inmenso
no contiene para mí alguna lección? ¡Ay de mí, que jamás la
comprenderé suficientemente, si no llegare a ser santo! Entre Vos y
el demonio, entre el bien y el mal, entre la verdad y el error, hay
un odio profundo, irreconciliable, eterno. Las tinieblas odian a la
luz, los hijos de las tinieblas odian a los hijos de la luz, la lucha
entre unos y otros durará hasta la consumación de los siglos, y
jamás habrá paz entre la raza de la Mujer y la raza de la
serpiente… Para que se comprenda la extensión inconmensurable, la
inmensidad de este odio, contémplese todo cuanto él osó hacer. Es
el Hijo de Dios que ahí está, transformado, según la frase de la
Escritura, en un leproso en el cual nada existe de sano, en un ente
que se retuerce como un gusano bajo la acción del dolor, detestado,
abandonado, clavado en una cruz entre dos vulgares ladrones. El Hijo
de Dios: ¡qué grandeza infinita, inimaginable, absoluta, se
encierra en estas palabras! He ahí, sin embargo, lo que el odio osó
contra el Hijo de Dios.


Y toda la historia
del mundo, toda la historia de la Iglesia, no es sino esta lucha
inexorable entre los que son de Dios y los que son del demonio, entre
los que son de la Virgen y los que son de la serpiente. Lucha en la
cual no hay apenas equívoco de la inteligencia, ni sólo flaqueza,
sino también maldad, maldad deliberada, culpable, pecaminosa, en las
huestes angélicas y humanas que siguen a Satanás.


He ahí lo que
precisa ser dicho, comentado, recordado, acentuado, proclamado, y una
vez más recordado a los pies de la Cruz. Pues somos tales, y el
liberalismo a tal punto nos desfiguró, que estamos siempre propensos
a olvidar este aspecto imprescindible de la Pasión.


Conocíalo bien la
Virgen de las vírgenes, la Madre de todos los dolores, quien junto a
su Hijo participaba de la Pasión. Conocíalo bien el Apóstol virgen
que a los pies de la Cruz recibió a María como Madre, y con esto
tuvo el mayor legado que jamás fue dado a un hombre recibir. Porque
hay ciertas verdades que Dios reservó para los puros, y niega a los
impuros.


Madre mía, en el
momento en que hasta el buen ladrón mereció perdón, pedid que
Jesús me perdone toda la ceguera con que he considerado la obra de
las tinieblas que se trama a mi alrededor.




Padre
Nuestro, Ave María, Gloria.


V.
Ten piedad de nosotros, Señor.


R.
Señor, ten piedad de nosotros.


V.
Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios
descansen en paz.


R.
Amén.


XII
Estación


Jesús muere en
la Cruz


V.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.


R.
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.




Llegó
por fin

el ápice de todos los dolores. Es un ápice tan alto que se envuelve
en las nubes del misterio. Los padecimientos físicos alcanzaron su
extremo. Los sufrimientos morales alcanzaron su auge. Otro tormento
debería ser la cumbre de tan inexpresable dolor: “Dios mío, Dios
mío, ¿por qué me abandonasteis?” De cierto modo misterioso, el
propio Verbo Encarnado fue afligido por la tortura espiritual del
abandono en que el alma no tiene consolaciones de Dios. Y tal fue
este tormento, que Él, de quien los evangelistas no registraron ni
una sola palabra de dolor, profirió aquel grito dilacerante: “Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me abandonasteis?”


Sí, ¿por qué?
¿Por qué, si era Él la propia inocencia? Abandono terrible seguido
de la muerte, y de la perturbación de toda la naturaleza. El sol se
veló. El cielo perdió su esplendor. La tierra se estremeció. El
velo del templo se rasgó. La desolación cubrió todo el universo.


¿Por qué? Para
redimir al hombre. Para destruir el pecado. Para abrir las puertas
del Cielo. El ápice del sufrimiento fue el ápice de la victoria.
Estaba muerta la muerte. La tierra purificada era como un gran campo
devastado para que sobre ella se edificase la Iglesia.


Todo esto fue,
pues, para salvar. Salvar a los hombres. Salvar a este hombre que soy
yo. Mi salvación costó todo ese precio. Y yo no regatearé más
sacrificio alguno para asegurar salvación tan preciosa. Por el Agua
y por la Sangre que vertieron de vuestro divino Costado, por la llaga
de vuestro Corazón, por los dolores de María Santísima, Jesús,
dadme fuerzas para desapegarme de las personas, de las cosas que me
pueden apartar de Vos. Mueran hoy, clavadas en la Cruz, todas las
amistades, todos los afectos, todas las ambiciones, todos los
deleites que de Vos me separaban.




Padre
Nuestro, Ave María, Gloria.


V.
Ten piedad de nosotros, Señor.


R.
Señor, ten piedad de nosotros.


V.
Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios
descansen en paz.


R.
Amén.


XIII
Estación


Jesús es
bajado de la cruz


V.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.


R.
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.




El
reposo del Sepulcro

os aguarda, Señor. En las sombras de la muerte, abrís el cielo a
los justos del limbo mientras en la tierra, en torno de vuestra
Madre, se reúnen unos pocos fieles para tributaros honores fúnebres.
Hay en el silencio de estos instantes una primera claridad de
esperanza que nace. Estos primeros homenajes que os son prestados son
el marco inaugural de una serie de actos de amor de la humanidad
redimida, que se prolongarán hasta el fin de los siglos.


Cuadro de dolor,
de desolación, mas de mucha paz. Cuadro en que se presagia algo de
triunfal en los cuidados indecibles con que Vuestro Divino Cuerpo es
tratado.


Sí, aquellas
almas piadosas se condolían, pero algo en ellas les hacía presentir
en Vos al Triunfador glorioso.


Pueda yo también,
Señor, en las grandes desolaciones de la Iglesia, ser siempre fiel,
estar presente en las horas más tristes, conservando inquebrantable
la certeza de que vuestra Esposa triunfará por la fidelidad de los
buenos, puesto que la asiste vuestra protección.




Padre
Nuestro, Ave María, Gloria.


V.
Ten piedad de nosotros, Señor.


R.
Señor, ten piedad de nosotros.


V.
Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios
descansen en paz.


R.
Amén.


XIV
Estación


Jesús es
colocado en el sepulcro


V.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.


R.
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.




Corrióse
la laja.

Parece todo acabado. Es el momento en que todo comienza. Es el
reagrupamiento de los Apóstoles. Es el renacer de las dedicaciones,
de las esperanzas. La Pascua se aproxima.


Y al mismo tiempo,
el odio de los enemigos ronda en torno del Sepulcro y de María
Santísima y los Apóstoles.


Pero ellos no
temen. Y dentro de poco tiempo rayará la mañana de la Resurrección.
Pueda yo también, Señor Jesús, no temer. No temer cuando todo
parezca perdido irremediablemente. No temer cuando todas las fuerzas
de la tierra parecieren puestas en manos de vuestros enemigos. No
temer porque estoy a los pies de Nuestra Señora, junto a la cual se
reagruparán siempre, y siempre una vez más, para nuevas victorias,
los verdaderos seguidores de vuestra Iglesia.




Padre
Nuestro, Ave María, Gloria.


V.
Ten piedad de nosotros, Señor.


R.
Señor, ten piedad de nosotros.


V.
Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios
descansen en paz.


R.
Amén.

 

(Catolicismo,
N° 3 - Marzo de 1951)

 

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