POR UN PERÚ MAYOR

La primera “guerra mundial posmoderna”

Por Julio Loredo

La percepción de que el conflicto que actualmente enfrenta a Rusia con Ucrania es la primera guerra mundial posmoderna es cada vez más nítida. “Mundial”, no en el sentido de que implique a las fuerzas armadas de varios países (aunque es una eventualidad que no debe descartarse), sino en el sentido de que afecta a todo el mundo, dividiendo a la opinión pública internacional en dos bandos opuestos, con cada vez menos espacio para permanecer “neutral”. La guerra armada se libra en Ucrania, pero la guerra psicológica se juega a nivel planetario.

La Guerra híbrida

Desde que Sun Tzu señaló en el siglo VI a.C. los factores psicológicos que intervienen en la guerra, estos elementos han estado siempre presentes, en mayor o menor grado, en todos los conflictos que, por desgracia, han ensangrentado la historia de la humanidad. Considerado durante mucho tiempo como un elemento accesorio de la guerra, el aspecto psicológico adquirió una importancia creciente en el siglo XX. Se crearon ministerios especiales para la propaganda, como el Minculpop en Italia, el Reichsministerium für Volksaufklärung und Propaganda en Alemania, o el Departamento de Dezinformatsia del KGB soviético. En aquella época todavía se hablaba de la propaganda como elemento coadyuvante en un conflicto.

Sin embargo, poco a poco los expertos entendieron que se trataba de una guerra en sí misma —entrelazada con el conflicto armado y político— que a veces podía ganar batallas decisivas por sí sola. Nació así el concepto de guerra psicológica (Psychological Warfare), que pone en acción las operaciones psicológicas (Psy-ops), a menudo más eficaces que las de la guerra convencional. La guerra psicológica, como su nombre indica, tiene como objetivo provocar reacciones psicológicas en la propia opinión pública —para estimularla— y sobre todo en la del enemigo —para deprimirla. Las antiguas técnicas de persuasión ideológica han cedido el terreno poco a poco a las psicológicas. Estas nuevas técnicas, describe Plinio Corrêa de Oliveira, no son inferiores a la propaganda ideológica, y en algunos aspectos incluso la superan como técnicas de persuasión indirecta e implícita [1].

Con la llegada de Internet, la guerra psicológica ha dado un salto cualitativo.

La Internet nos ha acostumbrado a vivir en dos universos paralelos: uno real y otro virtual. Y el mundo virtual se impone cada vez más al real. Los jóvenes de hoy —y con ellos un número creciente de adultos— son cada vez menos capaces de distinguir entre la realidad y la imaginación alimentada por la red. La psicóloga estadounidense Jean Twenge, que lleva años estudiando los cambios generacionales, señala, por ejemplo, que los jóvenes de hoy cambian de buen grado una fiesta presencial por una charla en línea, y hasta practican menos la sexualidad real que la virtual [2]. Ahora nos enfrentamos al inquietante mundo del metaverso, en el cual podemos vivir una vida completamente virtual, sin apenas contacto con la real. Hace unas semanas, por ejemplo, los periódicos informaron del primer “matrimonio” en el metaverso.

Esta capacidad de crear universos virtuales paralelos ha permitido a los expertos en guerra psicológica acceder a un nivel superior: la llamada Guerra Híbrida (Hybrid Warfare). El término fue propuesto por Frank Hoffman y designa una teoría de estrategia militar que mezcla la guerra convencional, la guerra irregular y la guerra informática [3]. La “NATO Review” la define así: “La guerra híbrida implica una interacción o fusión de instrumentos de poder convencionales y no convencionales e instrumentos de subversión. Estas herramientas se combinan de forma sincronizada para explotar las vulnerabilidades de un antagonista y lograr efectos sinérgicos” [4].

Diseño: NATO Innovation Hub

Un elemento de la guerra híbrida, cuyo objetivo es influir en la psicología de los adversarios potenciales, consiste en implantar en sus mentes una narrativa que convenga a sus propios intereses. Por “narrativa” se entiende una explicación global de una determinada situación que, aunque virtual, tiene una lógica interna y un dinamismo propio. En otras palabras, parece ser veraz. Toda narrativa tiene entonces una máquina de propaganda —¡y ésta es muy real!— a su servicio.

Por ejemplo, un centro de operaciones lanza un tweet. Luego, una supercomputadora lo recoge y lo retuitea automáticamente a través de millones de cuentas falsas, hasta convertirlo en trend (tendencia), por lo tanto en algo aparentemente fiable. La fiabilidad aumenta por el hecho de que los comentaristas y propagandistas —la mayoría trolls— lo hacen suyo en sus redes sociales, hasta convertirlo en una “verdad” aceptada y establecida. Un elemento esencial de la falsa narrativa es que contiene un núcleo de realidad, de lo contrario nadie la creería. Alrededor de este núcleo, con técnicas refinadas, se construye una narrativa que tiene su propia lógica interna, pero casi toda ligada al mundo virtual.

De esta manera, los adversarios comienzan a operar dentro de los parámetros de una narrativa creada ingeniosamente por su enemigo, sin siquiera notarlo. Cada vez más incapaces de distinguir entre la realidad y la narrativa virtual, se dejan seducir por ésta última.

Un elemento importante en la guerra híbrida —como en cualquier operación de guerra psicológica— es la creación de una carga de agitación que, actuando a nivel temperamental, obstruye la percepción fría y objetiva de la realidad. Las revoluciones, como sabemos, siempre se hacen en la conmoción, nunca en la serenidad.

La primera vez que se mencionó la “guerra híbrida” en un conflicto real fue durante la invasión rusa de Crimea en 2014. Según un experto, Rusia “logró sus objetivos gracias a la fusión de fuerzas especiales extraoficiales, actores armados locales, poder económico, desinformación y explotación de la polarización sociopolítica en Ucrania” [5].

La pandemia de Covid-19: ¿un ensayo general?

Más de un analista ha planteado que la surrealista polémica en torno a la pandemia de Covid-19 puede haber sido una especie de ensayo general de las técnicas psicológicas a usarse en una guerra híbrida.

A lo largo de la historia, la humanidad ha experimentado cientos de epidemias, desde las plagas del antiguo Egipto hasta la “gripe española” del siglo pasado. Sin embargo, nunca antes una emergencia sanitaria se había convertido también en una confrontación ideológica e incluso religiosa. A propósito de la pandemia de Covid-19, se han formado dos bandos opuestos. Además de los aspectos puramente científicos del debate, fue un choque entre dos narrativas opuestas, cada una con su propia lógica interna, en gran medida irreductible a un razonamiento tranquilo y objetivo; cada una con su propia maquinaria de propaganda. El debate sobre la salud se ha ideologizado hasta el punto de sugerir que vacunarse implicaba ipso facto ponerse del lado del mundialismo libertario y masónico, implicaba traicionar a la verdadera Iglesia y a la civilización cristiana; no vacunarse equivalía a proclamar la propia integridad católica y contrarrevolucionaria. Los ánimos se sobrecalentaron, un clima de frenesí se apoderó de muchos, exacerbado por la presión psicológica causada por absurdas imposiciones sanitarias y la crisis económica que se avecinaba.

En las Reglas de Discernimiento, San Ignacio de Loyola enseña que podemos intuir el origen de una acción espiritual por sus resultados: buenos o malos. En el primer caso, se piensa que la acción proviene de Dios, en el segundo del demonio. ¿Cuál fue el legado de esta controversia? El triste espectáculo del mundo católico conservador y tradicionalista desgarrado de arriba abajo en dos bandos, amistades rotas, familias divididas, movimientos destruidos... ¿Qui prodest? ¿Quién se ha beneficiado de toda esta polémica?

El conflicto Rusia-Ucrania

El clima de frenesí y división provocado por la pandemia aún no se había calmado, cuando estalló un conflicto armado en la frontera oriental de Europa. Y, sin interrupción, los dos bandos enfrentados que habían surgido en el curso de la controversia sanitaria se convirtieron —grosso modo— en los dos bandos enfrentados en el conflicto. Esto hace sospechar que, desde el punto de vista de la guerra psicológica, puede haber una relación no del todo aleatoria entre ambos acontecimientos.

Está lejos de mi intención despreciar las razones que han llevado a tantas personas bienintencionadas al campo de Putin. Los entiendo. Sin embargo, como discípulo del profesor Plinio Corrêa de Oliveira, que en los años 30 y 40 tuvo que enfrentarse a una situación similar con respecto al nazismo [6], permítanme sugerir un poco de prudencia.

Los rusos se han convertido en maestros del arte de la guerra híbrida. Le llaman Guerra de Nueva Generación, una teoría de la guerra no convencional que privilegia los aspectos psicológicos, centrados en las personas. Algunos dirán: pero también Occidente utiliza la guerra híbrida. De hecho, es una técnica muy extendida. No proponemos enfrentar una narrativa con otra, sino apelar a la serenidad y a la objetividad. De lo contrario, corremos el riesgo de equivocarnos por enésima vez.

Frente a dos posiciones, ninguna de las cuales está en consonancia con la doctrina y el espíritu de la Santa Iglesia Romana, debemos preservar nuestra independencia intelectual, proclamando con Plinio Corrêa de Oliveira: “Los católicos deben ser anticomunistas, antinazis, antiliberales, antisocialistas, antimasónicos... precisamente porque son católicos” [7].

La perspectiva de Fátima

No existe objetividad más perfecta que el juicio de Aquel que es el Amo de la historia, y que habló a la humanidad en 1917 por boca de su Santísima Madre, Nuestra Señora, en Fátima.

A la luz del mensaje de Fátima, el panorama de nuestro tiempo es clarísimo. Estamos en la fase final de una lucha entre la Iglesia y la Revolución, que podríamos llamar una lucha mortal, si uno de los contendientes no fuera inmortal. El aspecto más dinámico de la Revolución fue entonces los “errores de Rusia”, es decir, el comunismo. Hoy nos enfrentamos a una revolución mucho peor: la revolución moral y cultural, la continuación del comunismo. La única respuesta eficaz es la Contrarrevolución. Plinio Corrêa de Oliveira dijo: “Nuestro leitmotiv debe ser la civilización católica, apostólica, romana en su integridad, en su totalidad y minuciosidad. Eso es lo que debemos desear”.

Nunca debemos desanimarnos ni tomar atajos fáciles (especialmente cuando nos lo sugiere la propaganda). Debemos mantener nuestro espíritu fijo en la consideración de las perspectivas últimas del mensaje de Nuestra Señora de Fátima. Más allá de la tristeza y de los sumamente probables castigos hacia los que avanzamos, tenemos ante nosotros las luces sagradas de la aurora del Reino de María: “Finalmente, mi Corazón Inmaculado triunfará”. Es la perspectiva grandiosa de la victoria universal del Corazón Real y Maternal de la Virgen Santísima. Es una promesa pacificadora, atrayente y, sobre todo, majestuosa y entusiasmante.







Portada del sitio Especiales Guerra Rusia/Ucrania



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