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PERSPECTIVAS E INQUIETUDES

¿Un nuevo ciclo “heroico”?

Julio Loredo de Izcue

Domingo 4 de marzo de 2018

Se multiplican los signos que parecen indicar que estamos entrando en un nuevo ciclo histórico. ¿Es un fenómeno positivo? ¿Esperanzador? ¿Conlleva peligros?

Cuando en el 2012 Timur Vermes publicó el libro —medio sátira, medio denuncia— «Er ist wieder da» (Él ha vuelto), quizá no imaginaba la tempestad que habría de desencadenar. La obra se tornó en best seller de inmediato, con millones de copias vendidas. La versión digital se difundió luego de modo viral: uno de los grandes éxitos editoriales de los últimos años. En el 2015, el director David Wnendt llevó la novela a la pantalla grande, produciendo un filme vuelto en poco tiempo un éxito de taquilla. En YouTube las visualizaciones se cuentan por millones.

¿Vuelven?

La película muestra a Hitler que se despierta en un parque de Berlín en el 2014 y comienza a interactuar con los alemanes de hoy, recogiendo reacciones de simpatía y de acogida que nadie se habría esperado. Las escenas más interesantes —del punto de vista del análisis sociológico— son las rodadas cámara al hombro con los transeúntes en las calles: sin guion ni actores, toda gente común que reacciona de modo espontáneo. Un verdadero experimento social al vivo.

Dejando de lado la total impresentabilidad del personaje, el filme es interesante como análisis de ciertas tendencias en la opinión pública.

Comenta Wnendt: “Aquí el filme sale del registro. Ningún guion, ningún actor. Todos los personajes son verdaderos. Cuando el falso Hitler se lanza a dar ideas imperialistas, quien está a su rededor no siempre sonríe y ahí queda, otras veces asiente y retoma con convicción sus argumentaciones. Saben bien que se trata de un actor (Oliver Masucci), pero la videocámara borra sus inhibiciones llevándolos a una sinceridad que, vista de fuera, da un poco de miedo”.

El actor Oliver Masucci y el director David Wnendt. Detrás, el personaje de «Er ist wieder da».

¿Qué conclusiones sacar de todo ello? Responde Wnendt: “Creo que, potencialmente, un tercio de los alemanes votaría por un partido de derecha en Alemania si solo hubiese uno creíble. Por fortuna el NDP, el partido nacionalista, no lo es, pero corresponde prestar atención a la nueva formación Alternative für Deutschland. ¿Sabe qué más me ha sorprendido durante las tomas? El sincero entusiasmo que muchas personas mostraban por nuestro falso Hitler. Algunos saludaban con Sieg Heil! como si nada. Delante de la Puerta de Brandeburgo un grupo de italianos quiso tomarse un selfie con él alzando el brazo derecho. Se llega a ver en el filme”.

A la zaga de tal éxito, el director Luca Miniero produjo una versión italiana: «Sono tornato» (He vuelto), en el que el tema es, obviamente, il Duce, personificado por Massimo Popolizio. Estrenado en salas el pasado 1º de febrero, el filme alcanzó un discreto éxito. Decididamente más bufonesca que su contraparte alemana, la obra de Miniero suscita no menos que la misma interrogante de fondo: ¿qué sucedería si Mussolini volviese a Italia? ¿Es posible que tantas personas juzguen su “retorno” no solo como algo del todo natural, sino —incluso— esperanzador?

El hecho es que también en Italia crece el número de personas favorables a la “mano dura” en la conducción de la cosa pública. Un sondeo publicado en noviembre pasado muestra que el 23% de los italianos, o sea, un cuarto de los electores, sería favorable a “una dictadura de 4-5 años como la única solución para lograr realmente cambiar Italia” [1].

“[Hitler y Mussolini], personajes que parecen olvidados en la consciencia colectiva, nos los encontramos en la pantalla grande”, comenta el columnista Pierluigi Battista [2].

Nuevo ciclo histórico

Parece evidente que estemos entrando en una nueva fase histórica, uno de aquellos ciclos que Plinio Corrêa de Oliveira calificaba como “heroico” (cfr. artículo “Se debe ser moderado en todo, incluso en la moderación”), en el que crecientes sectores de la opinión pública, desconcertados por la desagregación general, comienzan a preguntarse si no nos equivocamos de camino bajando la guardia y si, más bien, un retorno a ciertos valores y a ciertas actitudes más “fuertes” no sería la solución.

Después de la fase melodramáticamente “heroica” de las dictaduras nazi-fascistas, después de la orgía de sangre y devastación de la Segunda Guerra Mundial, el mundo había entrado en una fase de “moderantismo” optimista, cuyos peligros Plinio Corrêa de Oliveira no dejaba de denunciar en 1954 [3]. Ni siquiera la Guerra Fría logró apartar a Occidente de tal optimismo buenista.

Es preciso decir que este buenismo afectaba de modo preponderante a los conservadores. Por su parte, justo en este periodo de aparente moderantismo, la izquierda llevó adelante, impertérrita, la más vasta revolución moral y cultural de todos los tiempos. Con pocas excepciones, delante de sí encontró apenas muros de cartón: precisamente los buenistas.

Una primera señal de que algo estaba cambiando fue la elección de Margaret Thatcher como primera ministra de Gran Bretaña, en 1979, seguida de la de Ronald Reagan como presidente de los Estados Unidos, en 1980. Representantes de un nuevo espíritu, ambos fueron sucedidos, sin embargo, por personajes de nuevo grises y “moderados”: John Major y George H. Bush.

Luego vino el 11 de setiembre de 2001. “Contemplando el derrumbe de aquellas torres vi derrumbarse mi mundo” —dijo un connotado empresario italiano. El choque provocado por el cobarde ataque terrorista, mientras ponía al desnudo la debilidad de Occidente liberal y democrático, hacía añicos el espíritu despreocupado y pacifista hasta entonces hegemónico. Para los europeos, otro parteaguas fue la posterior crisis migratoria del 2015, cuando se encontraron desprevenidos frente a pueblos determinados a invadirlos a toda costa, abatiendo su cultura, sus instituciones, la Fe. Las políticas de acogida indiscriminada aplicadas en los últimos años están demostrando toda su peligrosidad.

El derrumbe de las Torres Gemelas hizo añicos el espíritu despreocupado y pacifista hegemónico hasta entonces.

En el campo moral, la imposición del modo siempre más insolente y radical de la agenda LGBT despertó a los conservadores, convencidos finalmente de la futilidad de cualquier diálogo y de cualquier compromiso. Crece, pues, el frente de los que, no aceptando ninguna concesión más, quieren a toda costa preservar la moral natural y cristiana.

En el campo eclesiástico, el aceleramiento hasta lo inimaginable de la destrucción de ciertos fundamentos de la Fe y de la Moral, ha llevado a la consolidación de una reacción en línea con la ortodoxia tradicional con una amplitud jamás vista antes. También en la Iglesia crece el sector “heroico”.

¡Todo a la derecha!

Y dado lo anterior, materializando estos profundos cambios en la opinión pública, en muchos sitios se están afirmando movimientos que los medios de comunicación no dudan en calificarlos con desdén como “extrema derecha” e incluso “ultra derecha”. ¿Por qué no usan jamás el mismo calificativo —que, bien considerado, describe apenas la relativa posición en el espectro político— para referirse al otro extremo, es decir a la izquierda? Han acuñado incluso un nuevo epíteto, tan altisonante como desprovisto de contenido: “derecha xenófoba”. Parece que “fascista” ya no es más suficiente…

Para no hablar de los países donde gobiernan los conservadores moderados —como Reino Unido, España y Noruega— en numerosos otros —como Polonia, Hungría, República Checa, Finlandia y Austria— han ganado alianzas de centro-derecha, en las cuales el componente “derecha” es el preponderante.

En otros países, avanzan partidos situados decididamente a la “derecha”, como el Front National en Francia, Alternative für Deutschland en Alemania, el British National Party en Gran Bretaña, el Partij voor de Vrijheid en los Países Bajos, el Dansk Folkeparti en Dinamarca y aun otros. Para no hablar de los movimientos de cuño neonazi como Jobbik en Hungría, Slovenská Národná Strana en Eslovaquia y Amanecer Dorado en Grecia.

En Europa avanzan partidos situados decididamente a la “derecha”, como Alternative für Deutschland en Alemania.

“¡Por Europa, adelante todo a la derecha! Más bien, ¡a la extrema derecha!”, titulaba con provocación el Corriere della Sera [4].

Extendiendo la mirada al panorama mundial, aquí tenemos la “tempestad perfecta” llegada de allende el mar: la elección de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos, contra todo pronóstico. Un año después, no obstante la más surrealista campaña publicitaria demoledora de todos los tiempos, goza aún de amplio apoyo. Su reciente discurso del Estado de la Unión ha complacido al 75% de los norteamericanos.

En América Latina, en los últimos años, casi todas las elecciones presidenciales han sido ganadas por candidatos de centro-derecha. El último, Sebastián Piñera en Chile.

El fenómeno es visible incluso en Rusia. Después de la fase “heroica” stalinista, la cual desde 1955 venía siendo sustituida por la “moderada”, que a su vez había llegado a su auge con Boris Yeltsin, aquí también vemos a los rusos despertarse y sostener la permanencia en el poder de un “hombre fuerte”: Vladimir Putin. Personaje de tal elasticidad política que, haciendo propia la herencia comunista de Stalin, logra presentarse, sin embargo, como modelo para una parte de la derecha occidental.

Sería simplista, y por lo tanto despistante, poner al mismo nivel todos estos movimientos. Sin embargo, todos se asemejan por el hecho de que, cada uno a su modo, en grado diverso y con distinto contenido de autenticidad, dan voz y cuerpo a los profundos cambios en la opinión pública, que de la fase “moderada” está pasando a la “heroica”.

La inesperada elección de Donald Trump fue una “perfecta tempestad” para la izquierda.
Apesar de hacer suya la herencia de Stalin, Putin —con inaudita elasticidad— logra presentarse como modelo para una parte de la derecha.

Verdaderas y falsas derechas

¿Se trata de un fenómeno positivo o negativo? Del punto de vista de la Contra-Revolución, estamos frente a un fenómeno obviamente positivo, al menos en sus orígenes. Pero si pasamos revista a los movimientos que lo están cabalgando, cosechando sus frutos, el juicio se vuelve más matizado. Se trata, de hecho, por lo demás, de reacciones de carácter “nacionalista”, “identitario” o “populista”. En otras palabras, lo que Plinio Corrêa de Oliveira llamaba “falsas derechas”. Fuera del campo estrictamente eclesiástico, el elemento católico está casi ausente.

¿Dónde está la Iglesia? ¿Dónde están los pastores que, leyendo correctamente los “signos de los tiempos”, tratan de acompañar este macizo corrimiento en la opinión pública occidental, arrancándolo de las manos de eventuales falsas derechas para conducirlo más bien sobre las vías de Nuestro Señor Jesucristo? Es triste decirlo, pero, con poquísimas y honrosas excepciones, no solo no bajan al llano para acompañar el fenómeno, sino que —donde pueden— lo obstaculizan, lo persiguen, tratan a toda costa de bloquearlo.

Ciertamente, este fenómeno hace añicos varios aspectos de lo que se ha convenido llamar el “espíritu del Concilio”. ¿Pero la esencia del Concilio no era precisamente ponerse a la escucha de la consciencia de la gente para establecer una nueva relación con el mundo? En la época del Concilio, el mundo estaba tocando el zenit del viejo paradigma. Hoy está surgiendo un nuevo paradigma, bastante distinto. ¿Sabrán los herederos del Concilio captar este nuevo espíritu? Es una de las incógnitas de la hora presente.

Pero la otra parte no está exenta de peligros.

Como fue descrito por Plinio Corrêa de Oliveira, la rápida alternancia de los ciclos es típica del hombre desequilibrado. Del nazismo se pasó al hollywoodismo. En las actuales circunstancias está el peligro de que, entusiasmados con las perspectivas abiertas por el corrimiento a la derecha de la opinión pública, también al interior de la Iglesia, ciertas reacciones se tornan miopes, perdiendo de vista el fin último de toda sana reacción: llevar las almas a la conversión, hacia la restauración integral de la Iglesia misma y de la Civilización Cristiana.

En el pensamiento de Plinio Corrêa de Oliveira, el fin último de toda sana reacción es llevar las almas a la conversión, hacia la restauración integral de la Iglesia misma y de la Civilización Cristiana.

[1“Sicurezza, il sondaggio: un quarto degli italiani chiede 5 anni di dittatura” [Seguridad, el sondeo: un cuarto de los italianos pide 5 años de dictadura], Il Giornale, 28 de noviembre de 2017.

[2Pierluigi Battista, Corriere della Sera, 18 de enero de 2018.

[3Plinio Corrêa de Oliveira, “Moderação, moderação: slogan que enche o Ocidente”, Catolicismo, febrero de 1954 (en español: Se debe ser moderado en todo, incluso en la moderación); “Moderação, o grande exagero de nosso século”, Catolicismo, marzo de 1954 (en español: Moderación, la gran exageración de nuestra época).

[4Paolo Virtuani, “L’estrema destra in Europa. Tutti i nipoti di Le Pen” (La extrema derecha en Europa. Todos los nietos de Le Pen), Corriere della Sera.



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