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ACOSOS SEXUALES EN ESTADOS UNIDOS

La extraña ira de los nuevos puritanos

John Horvat II (*)

Viernes 12 de enero de 2018

Súbita e inesperadamente, estalló en Estados Unidos el escándalo de denuncias en serie por acosos sexuales. Con todas las características de una secuencia orquestada, el clímax fue el anuncio de que “las que rompen el silencio” han sido nombradas “Personas del Año” 2017 por la revista “TIME”. Ello ha catapultado el escándalo al centro del escenario nacional, haciendo que el tema del abuso sexual en centros de trabajo adquiera proporciones de crisis.

En ese clima, muchos temen que un nuevo “puritanismo” se propague sobre las empresas norteamericanas, aumentando la ansiedad en los locales de labores y entorpeciendo la comunicación.

La actriz Catherine Deneuve encabeza una declaración defendiendo la “libertad sexual” contra el “puritanismo”, firmada por 100 artistas e intelectuales

No es el puritanismo antiguo

Tal temor es exagerado. No hay peligro de una ola de puritanismo a la antigua, de una vuelta a los viejos tiempos puritanos, porque la actual ofensiva anti-acoso no combate la cultura hipersexualizada que impregna todo.

Al contrario, la cultura de placer sexual al paso, con su lenguaje vulgar, recurso a drogas y modas inmodestas, continuará degradando la sociedad y los ambientes de trabajo. Los grandes medios de comunicación también seguirán promoviendo la mayor libertad sexual posible, en todos los terrenos posibles.

Todo esto sucederá pese a que es un hecho que tales hábitos promiscuos son las incubadoras del acoso sexual. Son como las drogas “blandas” iniciales que conducen a las duras.

Sin embargo, curiosamente, no son blanco del bombardeo publicitario anti-acoso. El blanco declarado de este alboroto mediático son hombres poderosos que supuestamente acechan a mujeres intimidadas y a otras víctimas.

Denuncias a partir de un enfoque prejuicioso

Tal como en anteriores estruendos publicitarios, el fin es construir un relato, un enfoque prejuicioso, que pueda ser controlado enteramente por el establishment liberal-izquierdista. Entre los astutos defensores del vale todo moral que ahora posan de escandalizados están “The New York Times”, “TIME” y “The Huffington Post”.

Sus denuncias siguen un patrón. La narrativa se construye sobre un problema legítimo, que ha sido puesto de lado por mucho tiempo y que es necesario abordar urgentemente. El secreto a voces de las conductas sexuales reprobables —y hasta aberrantes— es repentinamente expuesto en la gran prensa. Con toda razón, estos actos inmorales chocan al público y se tornan indefendibles a sus ojos. Al mismo tiempo, se presentan otras ofensas cometidas en un pasado tan distante que dificultan que el presunto delincuente demuestre su inocencia ante un público que exige juicio inmediato.

Harvey Weinstein

Un segundo componente es el hallazgo de ejemplos extremos de agresiones sexuales que se convierten en la medida con la cual se juzgan todos los demás casos. El comportamiento de Harvey Weinstein [1], por ejemplo, se convirtió en un caso exponencial, con suficientes acusaciones para impresionar a un público escandalizado. Pronto otros le sucedieron, y la seguidilla prosigue en estudiada cadencia hasta hoy.

Alboroto alrededor de las acusaciones

La siguiente fase es provocar un gran alboroto alrededor de las acusaciones. Las ofensas menores son asociadas con los casos más atroces. En la mente del público, todos los casos son iguales. Un ambiente de acusaciones y testimonios se arremolina en torno al problema, creando la impresión de que los todopoderosos mandos empresariales son depredadores que se aprovechan de mujeres débiles que buscan avanzar en sus carreras o apoyar a sus familias. En una atmósfera muy parecida a la de un Terror Rojo, cualquiera puede ser acusado, sumariamente juzgado por los medios y destruido socialmente.

Es clave para este encuadramiento narrativo crear un clima de exageración en torno a las víctimas reales. En el caso del acoso, las estadísticas desmienten esa visión histérica. Es cierto que hay muchos casos de abuso (y que solo uno ya sería demasiado). Sin embargo, la realidad norteamericana es que la gran mayoría de las trabajadoras no son víctimas, ni la mayoría de los jefes son depredadores.

Convertir a todos en depredadores

De acuerdo con una encuesta de 2016 entre 42,000 empleados realizada por la Junta de Protección de Sistemas de Mérito de los Estados Unidos, por ejemplo, los casos extremos de insinuaciones sexuales son poco frecuentes en el lugar de trabajo. Solo el uno por ciento de mujeres y hombres reportaron una presión para obtener favores sexuales. Se registró una cifra similar para ambos sexos por agresión sexual [2].

Alrededor del 18% de las mujeres y el 6% de los hombres sí reportaron conductas de acoso o molestias que consistían en bromas indeseables, comentarios obscenos, gestos sugestivos o miradas, o invasiones no deseadas del espacio personal. Pero en nuestra cultura hipersexualizada, muchas personas cometen tales conductas. Si bien las mismas son totalmente censurables, difícilmente pueden equipararse a los casos atroces de agresión.

Así como las horrendas acciones de una pequeña minoría de eclesiásticos en la Iglesia Católica han hecho que muchos quieran considerar injustamente a todos los sacerdotes como depredadores sexuales, así también pueden ser etiquetados de “acosadores” todos los hombres de poder, en este clima de terror mediático.

Los medios crearon, adrede, la idea de que todos, o al menos la gran mayoría de eclesiásticos, son pederastas.

Un marco de lucha de clases

Lo importante es recordar que la izquierda controla la narrativa de los escándalos de acoso. Su retórica contiene el marco típico de lucha de clases propio de esa corriente, para llevar adelante su agenda.

No es difícil discernir en esas acusaciones el cliché izquierdista clásico. Los presuntos opresores-depredadores están representados por hombres todopoderosos instalados en Hollywood, en los medios, en los negocios y en la política. Hasta son llamados “señores feudales” que poseen poder ilimitado sobre sus “vasallos”. Los oprimidos son las víctimas verdaderamente desafortunadas. Sin embargo, los medios ampliaron la etiqueta de víctima para incluir a todas las mujeres, minorías y personas LGBT.

Entre los astutos defensores del vale todo moral que ahora posan de escandalizados están “The New York Times”, “TIME” y “The Huffington Post”

Cambiando estructuras y viejas conductas

El objetivo final es cambiar las estructuras de poder, especialmente las que favorecen a los varones.

Las mujeres han ingresado al mundo empresarial norteamericano en cantidades significativas. Sin embargo, para las feministas, este cambio es demasiado lento. Cualquiera que represente una figura de poder tradicional es un blanco a derribar, incluidos algunos liberales que siguieron la revolución sexual hasta sus últimas consecuencias, pero ahora han quedado superados. El mundo de los negocios debe ser aterrorizado para cambiar. Es la próxima “Bastilla” a tomar.

El objetivo a largo plazo es mucho más radical. La solución de izquierda libertaria [NT – Equivalente a los caviares peruanos, como los anidados en la PUCP] no es restringir sino expandir aún más la libertad sexual. Los activistas consideran que la promiscuidad sexual convencional es demasiado “tradicional”, y está dominada por los hombres. Quieren eliminar las conductas antiguas, aún las inmorales. Ellos promueven una nueva era de fluidez sexual a ser explorada mediante un alfabeto de nuevas “identidades de género”. Curiosamente, ninguno de estos comportamientos, que a menudo conducen a relaciones abusivas, es denunciado en la campaña de terror mediático.

De ahí que la amenaza no sea el viejo puritanismo, sino un extraño neo-puritanismo que podría esparcirse por los centros de trabajo. Los nuevos puritanos no son conservadores morales tradicionales, sino radicales que piden sangre y completa igualdad de “géneros”. La furia de los nuevos puritanos no conoce límites. Las mismas feministas que abusan de las mujeres promoviendo el aborto son ahora los nuevos zelotes que definen qué es abuso y acoso. Darán guerra sin cuartel a los cristianos.

Regresar al orden cristiano

La solución real es, por supuesto, un retorno a la moral cristiana. La fuente del problema es el comportamiento promiscuo, y la única forma de resolverlo es la creación de una sociedad moral.

Es obvio que los nuevos puritanos nunca aceptarán esta solución. Pero es realmente la única posible, porque toma en consideración la naturaleza caída del hombre y la mujer.

La Iglesia indica las normas morales que crean las condiciones para que las personas vivan en armonía, y proporciona los medios para que la gracia de Dios actúe en las almas a fin de vencer las pasiones desordenadas que conducen al abuso y al pecado. Ella enseña la armonía, no la lucha de clases (ni de “géneros”); la justicia, no la furia; la pureza, no el libertinaje.

Cualquier otra solución conducirá al caos y el conflicto. Es por eso que la furia de los nuevos puritanos debe ser denunciada, para que no extienda su locura por la nación.


(*) John Horvat es vicepresidente de la TFP norteameriana y autor del best-seller Return to Order (2015), con más de 300 mil ejemplares vendidos (www.amazon.es/Return-Order-Frenzied-Christian-Society-Where-ebook/dp/B00B5HED8W).

[1Harvey Weinstein es un productor de cine y teatro que fundó con su hermano la empresa cinematográfica Miramax, la cual condujeron hasta 2005, cuando formaron The Weinstein Company. En octubre de 2017 salió a luz una avalancha de acusaciones contra él por abuso sexual, motivando que sea despedido de su propia compañía y expulsado de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas y otras asociaciones profesionales. Las investigaciones están en curso.



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