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ANÁLISIS

Descifrando la clave de la crisis

Las dimensiones insospechadas, las razones de fondo, y los rumbos probables de una turbulencia que trasciende el campo financiero

Domingo 19 de abril de 2009

Muchos se preguntan: al final, ¿hacia dónde nos lleva esta crisis financiera que desde hace ya seis meses sacude el mundo?

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Un “poderoso caballero” que desató ambiciones descontroladas

No somos especialistas en finanzas. Pero sí podemos, apoyados en el Magisterio de la Iglesia y en los presupuestos del célebre ensayo de Plinio Corrêa de Oliveira, Revolución y Contra-Revolución, esbozar con bastante probabilidad de acierto una previsión del rumbo de los acontecimientos en esa materia.

El fondo de cuadro de la crisis: la Revolución anticristiana

Lo que explica Revolución y Contra-Revolución es que existe un proceso multisecular de destrucción de la Cristiandad occidental —la Revolución anticristiana—, iniciado con el Renacimiento y la llamada Reforma protestante, continuado con la Revolución Francesa y con el sucesor de ésta, el comunismo, y que culmina ahora con la revolución cultural, que se propone degradar completamente al hombre y anarquizar la sociedad.

La meta de ese proceso es instaurar un estado de cosas diametralmente opuesto al ideal cristiano de orden civilizado; o sea el caos, la anarquía. Porque, así como el orden cristiano es una imagen y prefigura del Cielo, que prepara las almas para llegar hasta él, el desorden revolucionario es una imagen y antesala del caos infernal.

Tal desorden tiene dos componentes: uno espiritual, la entrega del hombre a sus pasiones desordenadas; y otro sociopolítico, el desorden completo, la anarquía. Luego, para que la Revolución prevalezca totalmente, ella necesita de un lado neutralizar y derribar la gran potencia espiritual de la Tierra, que es la Iglesia Católica; y de otro lado acabar con la salud económica del mundo, para así precipitarlo en la miseria más negra y desesperanzadora. Pues el caos económico genera necesariamente caos social y político, y por medio de ese triple caos se lograría abatir a las naciones más poderosas de la Tierra, que construyeron su grandeza y prosperidad sobre tres principios: la propiedad privada, la libre iniciativa, y la acción del Estado encuadrada dentro del principio de subsidiariedad.

Dos crisis simultáneas: crash religioso y crash económico

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La bancarrota del banco Lehman Brothers, detonante de la crisis

La crisis por la que atraviesa la Iglesia —que ya en 1972 el Papa Paulo VI había calificado de “autodemolición”— se agrava día a día, como lo demuestra la oposición abierta y creciente que el Papa Benedicto XVI enfrenta incluso dentro de la misma Iglesia, sobre todo en Europa; donde muchos ya cuestionan abiertamente su autoridad en materias litúrgicas, disciplinarias y hasta morales.

En cuanto a la economía capitalista, al estar enraizada en los tres principios antes mencionados —que pertenecen al Orden Natural—, ella es tan fuerte y saludable que sólo podría entrar en crisis si sufriera una autodemolición similar a la que aqueja a la Iglesia, practicada por quienes manejan irresponsablemente el mundo financiero.
Por eso el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira preveía hace ya varias décadas que, cuando las fuerzas que impulsan el proceso revolucionario juzgaran llegado el momento de intentar el salto hacia la anarquía, buscarían provocar más o menos simultáneamente un crash religioso y un crash financiero.

Ese momento parece estar llegando. En el campo financiero, era evidente para quien lo quisiera ver que el boom de créditos otorgados sin garantía real, a cambio de inciertas valorizaciones a futuro de la propiedad raíz —la llamada burbuja inmobiliaria— convertía tales deudas en papeles de alto riesgo, y que su multiplicación provocaría tarde o temprano un colapso del crédito y de numerosos bancos. Tanto más que entraron en juego aprovechadores del sistema, ávidos de ganancias colosales puramente especulativas, lo que añade al problema un componente moral, la codicia y ambición desenfrenadas.

Mientras tanto, en el campo religioso, recientes medidas benévolas del Papa Benedicto XVI hacia cuatro obispos tradicionalistas disidentes han servido de detonante para una inédita ola de contestación progresista al Pontífice, la cual ya se desbordó del campo disciplinario para extenderse a temas como aborto, homosexualidad, control artificial de la natalidad, seudo sacerdocio femenino y otros.

Obviamente la intención de las fuerzas que comandan el proceso revolucionario es que ambas crisis, la eclesiástica y la financiera, se agraven mucho más aún, produciendo en el mundo civilizado una zozobra sin precedentes, al mismo tiempo espiritual y material.

El papel insustituible de la Iglesia

Por cierto, la Iglesia Católica es la única institución en la Tierra que, asistida por la Sabiduría divina, tiene la respuesta adecuada para todos los problemas del hombre, en todo tiempo y lugar. Ella posee los presupuestos morales para dar una adecuada solución de cualquier crisis, incluso la actual crisis financiera. Porque la solución a ésta debería necesariamente pasar —al margen de medidas puramente técnicas—, por una juiciosa revisión de la relación entre crédito y lucro, teniendo en consideración la doctrina de la Iglesia sobre la usura, convenientemente reavivada y actualizada. Pues como se sabe, el origen de la presente crisis fue un generalizado abuso usurero: una especulación hipotecaria desenfrenada, que saturó el mercado financiero de obligaciones envilecidas o “papeles tóxicos” (¡los cuales actualmente triplican el resto de todos los papeles de valores existentes en el mundo!). Esa hipertrofia brutal reclama replantear la actividad financiera con nuevos parámetros, sin afectar en nada la vigencia de la propiedad privada, de la libre iniciativa y del principio de subsidiaridad, es decir, sin concesión alguna al socialismo. Y es ahí donde el papel de la Iglesia es insustituible.

Los promotores del caos buscan convulsionar simultáneamente la estructura jerárquica de la Iglesia y el sistema financiero mundial

Sin embargo, encontrándose la Iglesia dilacerada, surcada por disensiones internas y rebeliones contra el Santo Padre, ¿estará en condiciones de hacer oír su voz con plena autoridad, como en los tiempos de la Rerum Novarum? Sinceramente tememos que no: recordemos lo ocurrido, por ejemplo, con la Encíclica Humanae Vitae (1968), que hace 40 años ratificó una vez más la condena de la Iglesia al control artificial de la natalidad como pecado grave; pero no obstante fue y continúa siendo desacatada por incontables católicos, y hasta no pocos eclesiásticos...

Así, aunque la crisis presente pueda tener retrocesos y alivios momentáneos, se debe temer que a medio plazo ella tienda a acentuarse. Sobre todo porque existe una intención revolucionaria de agravarla, para derribar el capitalismo occidental, desprestigiarlo al punto de que su colapso pueda ser comparado a la hecatombe mundial que sufrió el socialismo, y generar un caos económico global.

Es decir, la clave que descifra la confusión actual e indica su rumbo probable es ésta: dos autodemoliciones paralelas.
Por cierto volveremos sobre este importantísimo tema, porque es vital que los católicos estén bien conscientes de ambos procesos —que se encuadran de modo impresionante en las previsiones de Fátima— para poder afrontarlos debidamente.



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