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TIEMPO DE PRUEBA PARA EL PERÚ

Los flagelos de la naturaleza, ¿son castigos de Dios?

Viernes 24 de marzo de 2017


El regidor arequipeño Ricardo Medina Minaya, de religión protestante, atribuyó los desastres naturales que flagelan al país a un “castigo divino” por haberse introducido la ideología de género en la enseñanza básica del país. Así lo noticia “El Comercio”, no sin condimentar el relato, ya desde la primera sílaba, con una despectiva ironía: “Aunque parezca una broma...” [1]

No sorprende que un periódico laicista, paladín del relativismo políticamente correcto, quiera ridiculizar una opinión que, sin embargo, es perfectamente verosímil.

El error del regidor Medina no está en lo que dijo sino en cómo lo dijo; o sea, en haber presentado como un hecho cierto lo que por el momento solo puede admitirse como conjetura (aunque bastante plausible). Tal error es frecuente en líderes de grupos religiosos llamados “evangélicos”, que utilizan una prédica exaltada, rudimentaria y simplificadora, sin los necesarios matices, para ganarse adeptos entre gente sencilla.

Dios sí castiga pecados colectivos de las naciones

Con todo, il y a du vrai là dedans, “hay algo de verdad allí dentro”, en la idea de que nuestro país pueda estar siendo castigado por la Providencia. Idea que corresponde a una verdad enunciada por San Agustín —tal vez la más luminosa inteligencia entre los Padres de la Iglesia—sobre el pecado colectivo de las naciones.

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San Agustín

Resumiendo la doctrina del gran doctor de Hipona sobre el tema, Plinio Corrêa de Oliveira explica que tal tipo de pecado “está sujeto a la Justicia Divina de modo muy especial. En efecto, mientras que los pecados de los individuos pueden ser castigados en este mundo o en el otro, no sucede lo mismo con los pecados de las naciones. Estas, como dice San Agustín, no pudiendo ser recompensadas ni castigadas en la otra vida, reciben aquí mismo el premio de sus buenas acciones y el castigo de sus crímenes. A un pecado supremo de los países corresponde, pues, en términos de justicia, un castigo supremo en este mundo” [2].

Los Papas han corroborado esta doctrina agustiniana en incontables ocasiones. Para solo referirnos a Papas modernos, hace exactamente un siglo (febrero de 1917) Benedicto XV enseñaba que la fe “nos hace comprender que ... los flagelos públicos son expiaciones de las culpas por las cuales las autoridades públicas y las naciones se han alejado de Dios [3].

Pío XII, a su vez, explica que Jesucristo, como justo Juez, si con frecuencia castiga los pecados individuales solo después de la muerte, sin embargo golpea a los gobernantes y a las mismas naciones también en esta vida, por sus injusticias, como la Historia nos enseña” [4]. Cuántas civilizaciones desaparecidas dan testimonio de ello...

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No es Hiroshima... Es la ciudad de Messina, en Italia, totalmente arrasada el 28 de diciembre de 1908 por un terremoto, tres días después de que una procesión blasfema contra el Niño Jesús, organizada por los "espíritus fuertes" librepensadores locales, recorrió la ciudad parodiando la Navidad.

Igualmente Juan XXIII, en discurso conmemorativo del terrible terremoto que en 1908 echó por tierra la ciudad de Messina, decía a sus habitantes en enero de 1959: “En esta hora terrible en que el espíritu del mal busca todos los medios para destruir el Reino de Dios, debéis poner en acción todas las energías para defenderlo, si queréis evitar a vuestra ciudad ruinas inmensamente mayores que las acumuladas por el terremoto de cincuenta años atrás. ¡Cuánto más difícil sería entonces el resurgimiento de las almas ... separadas de la Iglesia o sometidas como esclavas a las falsas ideologías de nuestro tiempo! [5].

Y en el mismo sentido se han pronunciado también Juan Pablo II y Benedicto XVI [6].

Las preguntas cruciales


Así, pues, la cuestión de si el Perú está siendo castigado o no, se desplaza hacia esta otra: ¿habrá actualmente en el país pecados colectivos que nos hagan acreedores a castigos de Dios? Por ejemplo, ¿en qué medida esas “falsas ideologías de nuestro tiempo”, mencionadas por Juan XXIII como causantes de daños morales “inmensamente mayores” que las catástrofes naturales, afectan hoy a nuestra patria? ¿No encaja precisamente en esa calificación de falsa la ideología de “género”, ahora introducida subrepticiamente en la enseñanza escolar oficial?

Si consideramos que difundir esa ideología hedonista y antinatural va de encuentro a la advertencia de Nuestro Señor sobre el castigo que aguarda a los escandalosos: “más les valdría atarse al cuello una piedra de molino y arrojarse al mar” (Luc. 17.2), vemos cómo esa hipótesis es plausible. Sobre todo considerando que el llamado “género” es ahora la principal bandera de la extrema izquierda internacional.

Y si esto ocurre a ciencia y paciencia de las autoridades nacionales, en el contexto del notorio y acelerado declive moral del país, puede también preguntarse: ¿de qué ha valido el “juramento solemne” por el cual el Jefe de Estado consagró el 21 de octubre pasado la nación peruana al Inmaculado Corazón de María y al Sagrado Corazón de Jesús, cuando pidió perdón por todas las decisiones tomadas “en contra de sus Mandamientos”, y prometió “siempre estar consciente de los Diez Mandamientos”? ¿Qué valor pueden tener ese pedido de perdón, ese juramento y esa promesa, si ya al mes siguiente el mismo mandatario defendió la reforma educativa —que incluye la cuestionada perspectiva de “género”—, mientras desde su propio partido de gobierno se promueven acciones abiertamente opuestas a los Diez Mandamientos, como la “unión civil” homosexual o la píldora de efecto abortivo?

¿Esas contradicciones no caracterizan una violación al Segundo Mandamiento, que ordena que no se tome en vano el santo nombre de Dios, y en particular que no se jure en falso? ¿Y no podrían merecer de Dios una réplica proporcionada a su gravedad? Y esa réplica, por fin, ¿no podrían ser los desastres climáticos que hoy nos flagelan?

Nadie podrá negar la pertinencia de esas preguntas cruciales, cuya respuesta dejamos a la reflexión y buen juicio del lector. Una reflexión que, a la luz de las previsiones de la Santísima Virgen en Fátima, al aproximarnos al centenario de sus memorables apariciones se vuelve cada vez más actual e imperiosa.


[2PLINIO CORRÊA DE OLIVEIRA, Trasbordo ideológico inadvertido y Diálogo, Conclusión, § 5. Esta doctrina se encuentra subyacente en La Ciudad de Dios de San Agustín, especialmente en los libros IV y V.

[3BENEDICTO XV, Discurso a los Predicadores cuaresmales, 17 de febrero de 1917.

[4PIO XII, Carta Encíclica Datis nuperrime, 5 de noviembre de 1956.

[5JUAN XXIII, Radiomensaje del 28 de diciembre de 1958, a la población de Messina, en el 50 aniversario del terremoto que destruyó esa ciudad, “L’Osservatore Romano”, edición semanal en lengua francesa, 23 de enero de 1959.

[6JUAN PABLO II, Audiencia general del 13 de agosto de 2003; BENEDICTO XVI, Audiencia general del 18 de mayo 2011, in: http://www.pliniocorreadeoliveira.info/ITVD_castigo_divino_papi.htm#.WNSzw2_hAdU



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