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ANÁLISIS

Qué sucede cuando una “mayoría silenciosa” rompe el silencio y defiende su fe

Lunes 14 de julio de 2014

La actual ofensiva contra los valores morales y familiares, servida por omnímoda publicidad, abundante dinero y desconcertantes complicidades políticas, puede producir en muchos la falsa impresión de que su avance es irreversible.

La estrategia de inducir los buenos a la inercia

Tal impresión corresponde a una estrategia de esparcir un derrotismo paralizante sobre una población como la peruana, tan profundamente adherida a valores morales y familiares cristianos, para evitar cualquier reacción de peso contra esa demolición cultural y social.

En esto los demoledores siguen la regla básica enseñada por los dos mayores estrategas de guerra, Sun Tzu y Carl von Clausevitz: quitarle al adversario la voluntad de resistir. Para ambos autores ese objetivo psicológico es, de lejos, mucho más importante que cualquier victoria por las armas.

En el caso peruano, se trata de hacer que nos resignemos pasivamente a que se nos imponga el aborto, el “matrimonio” entre personas del mismo sexo, los delirantes “derechos sexuales”, la enseñanza de la ideología de “género” en las escuelas (¡por la cual un niño podría terminar optando por ser “niña” y viceversa!), y otras aberraciones similares.

Evidentemente los medios impresos y audiovisuales colaboran para esparcir de mil modos esa impresión de una acometida imparable, a la cual es inútil resistir. Pero —repetimos— tal impresión es completamente falsa.

¿Por qué? —Porque ninguna ley humana es eterna, y cualquier norma civil puede ser revocada a cualquier momento. Sin ir más lejos, el Perú independiente ya ha tenido 16 Constituciones diferentes, en 170 años (1823-1993)... ¡prácticamente una cada diez años! [1]

Si un Gobierno, un Parlamento y un Poder Judicial imponen leyes inicuas, los ciudadanos pueden obligar por muchos medios lícitos a que tales leyes sean revocadas. La Historia antigua y reciente está llena de ejemplos en ese sentido.

Y lo mismo puede hacerse con eventos públicos o privados que vulneren los derechos de los ciudadanos y no respeten la moral y las buenas costumbres. La población puede legítimamente movilizarse para impedirlos, tal como sucedió con la reciente “misa satánica” programada para realizarse en la Universidad de Harvard, y cancelada gracias a la firme reacción católica (ver artículo).

Peor que los tanques nazis o soviéticos: la invasión cultural

Algo similar acaba de ocurrir ahora en la católica Polonia. Durante cincuenta años, de 1939 a 1989, esa heroica nación cayó primero bajo las garras del invasor nazi aliado a los soviéticos, y después en las de una mal disimulada dictadura comunista.

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El dominio comunista en Polonia...

En ese extenso y siniestro período nazis y comunistas—dos caras de una misma moneda— impusieron sucesivamente al país leyes anticristianas contra la voluntad de la población.

Pero la resistencia católica no se doblegó. Y al derrumbarse en 1990 el imperio soviético, Polonia se sacudió de toda la opresiva y asfixiante armazón legal comunista para dotarse de leyes acordes al orden natural y a sus tradiciones nacionales, y pudo así resurgir nuevamente como nación libre, próspera y orgullosa de su identidad católica.

No obstante, ahora la nación polaca enfrenta otra invasión mucho más insidiosa, esta vez venida de Occidente: las presiones para obligarla a adoptar la agenda de los lobbies homosexuales, abortistas, propagadores de cristianofobia y de otras formas de degradación de costumbres, que hacen parte de la nueva revolución cultural.

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... no fue tan pernicioso para el alma polaca cuanto la "revolución cultural".

Esta singular invasión no se realiza con Panzerdivisionen blindadas nazis o con tanques soviéticos, sino por medio de una miríada de ONGs al estilo de nuestras conocidas Promsex, Inppares, Flora Tristán, etc., así como de hordas —no cabe otra palabra— de “artistas” más o menos anárquicos de todos los géneros.

Hoy, los “conciertos” y festivales pop y de contracultura se suceden en Polonia sin pausa (tal como sucedió en Lima en los últimos años, hasta que el enorme déficit financiero acumulado frenó en parte ese ímpetu...). Entre esos eventos se destaca el llamado Malta Festival , que desde 1991 se realiza anualmente en la ciudad de Poznan.

Gólgota Picnic, explosión de perversiones y odio anticristiano

Para este año se había previsto que dicho festival incluyese la presentación de una obra teatral horriblemente blasfema y ultrajante hacia la persona de Nuestro Señor Jesucristo, Gólgota Picnic, la cual ya había sido objeto de protestas en Francia y otros países.

Su realizador, el hispano-argentino Rodrigo García, no esconde su odio anticristiano: llegó a afirmar que “la religión católica es una casa imaginaria que da refugio a los desesperados” y que la Biblia es “ un libro escrito por locos , por dementes [2].

Fruto de esa hostilidad fanática, Gólgota Picnic combina nudismo, obscenidades y blasfemias. Cuando la pieza fue presentada en Francia hace tres años, la asociación cívica Avenir de la Culture denunció su contenido increíblemente ofensivo: “la persona de Cristo es comparada a un terrorista e insultada con groserías imposibles de reproducir. Más aún, los comediantes multiplican las escenas de nudismo completo y frontal, mientras que una pantalla gigante pone en evidencia las partes genitales de los actores y las actrices”.

La denuncia de Avenir de la Culture definía la pieza como “un pacto nauseabundo uniendo el odio anticristiano y la obsesión sexual, para corromper lo que resta de dignidad y de sentido moral en la cultura” [3].

La victoriosa reacción de los católicos indignados

Al anunciarse la exhibición de ese engendro teatral en Polonia, la reacción fue inmediata, encabezada por el Instituto Piotr Skarga , rama local de Tradición Familia Propiedad. Desde el 27 de mayo la organización inició una campaña de firmas, en rechazo a lo que calificó como muestra de “vandalismo cultural” y de virulenta cristianofobia.

Apenas tres semanas después, el 17 de junio, la asociación entregó al Ministerio de Cultura en Varsovia las más de 60 mil firmas recogidas hasta aquel momento —que enseguida subieron hasta 80 mil—, y simultáneamente realizó un plantón de protesta ante dicho Ministerio, reuniendo centenares de personas [4].

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El Instituto Piotr Skarga (TFP polaca) protesta contra la obra blasfema "Gólgota Picnic"

Posteriormente varias Autoridades eclesiásticas se sumaron a la protesta. El diario “Le Monde” de París informó que “cuando la polémica comenzaba a crecer y las presiones a intensificarse, la Iglesia entró en el debate”: el arzobispo de Poznan, Mons. Stanislaw Gadecki, “condenó la pieza calificándola de ’vulgar’ y ’pornográfica’”.

También el obispo de Wloclawek, Mons. Wieslaw Mering, expresó su “firme oposición” a lo que consideró una exhibición “explícitamente blasfematoria”, a la vez que “felicitó al movimiento masivo de protesta organizado por la comunidad católica” , en clara alusión a la campaña de la TFP [5].

¿Y cuál fue el desenlace? Frente a esa oposición creciente que se extendía por todo el país, el 21 de junio el director del Malta Festival, Mikhael Mercynski, “anunció su decisión de cancelar las dos representaciones de Gólgota Picnic previstas para los días 27 y 28 de junio”, informa otra noticia posterior de “Le Monde”.

Visiblemente contrariado, el empresario farandulero declaró que las fuerzas en pugna “eran muy desiguales. De un lado, la movida contra Gólgota Picnic estaba en su punto máximo . Los líderes habían logrado recoger 65 000 firmas y estaban firmemente decididos... De otro lado, los que apoyaban el espectáculo estaban silenciosos. Me sentí solo...”.

Y concluyó reconociendo el impacto de la protesta: “Es la primera vez que se ve una reacción colectiva tan fuerte en Polonia [6].

Hacia una inevitable polarización de la “mayoría silenciosa”

Este desenlace muestra, una vez más, que la “mayoría silenciosa” de ciudadanos agredidos por una revolución cultural que se nutre de fanatismo anticristiano, va dejando de ser silenciosa y pasando a alzar la voz en defensa activa de sus ideas, aspiraciones y sentimientos agredidos.

Comprueba también que movilizar a esa mayoría sí es posible, y resulta eficaz desde que tales acciones sean emprendidas con inteligencia, argumentos sólidos, y sin respeto humano de mostrar la raíz religiosa anticatólica de esas agresiones a los valores culturales tradicionales.

Si cumplen esos requisitos, dichas protestas sensibilizan a fondo a la población, y las autoridades —que al fin de cuentas dependen del voto ciudadano— ya no pueden más ignorarlas.

Reacciones así se vienen multiplicando por el mundo, muchas de ellas promovidas por las TFPs y entidades afines de varios países; y atestan el crecimiento de una saludable polarización, que también en el Perú se va haciendo sentir con fuerza.

A medida que revolución cultural abandona la máscara “artística” y deja asomar su odio anticristiano extremado, los peruanos somos sacudidos en nuestro atávico laisser faire, laisser passer, (“dejar hacer, dejar pasar”) y comprendemos que es hora de dar la cara por nuestra fe, nuestras familias y nuestro futuro.

Esa exigencia se hará cada vez más frecuente. La acelerada marcha inducida hacia el caos moral y social generará necesariamente una reacción cada vez más visible, en la cual la “mayoría silenciosa” del país tenderá a afirmarse en su posición católica: es decir, a polarizarse. Que el victorioso ejemplo de Polonia le sirva de estímulo y aliento.



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Comentarios

  • La lucha es desigual. Muchos ciudadanos pueden protestar por la violación de la moral. Pocos, pero con poderes oficiales, pueden hacer mucho mal.
    A principios de julio de 2014, el prestigioso y eminente médico polaco Bogdan Chazan fue despedido de su cargo de director del Hospital de La Sagrada Familia (!) y multado por haberse negado tanto a practicar un aborto como a recomendarle a la despreciable madre asesina a dónde acudir para que se lo practicaran.
    Con todo, el ilustre médico no se amedranta y hace declaraciones fuertes contra las autoridades.
    Sepamos que la cruzada por la moralidad es ardua y prolongada,

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