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NAVIDAD

El “Árbol de Cristo”: una perdurable tradición medieval

Sábado 21 de diciembre de 2013

Después del Nacimiento, también llamado pesebre o belén, el Árbol de Navidad es el símbolo más expresivo del tiempo navideño, al menos en los lugares donde la adulteración comercial de la Navidad —hoy cada vez más protuberante y agresiva— no logró vaciar de contenido esta magna fiesta de la Cristiandad.

La costumbre de adornar un abeto en las fiestas navideñas remonta a la época del Papa San Gregorio Magno (540-604), gran impulsor de la cristianización de las tribus germánicas en los comienzos del Medioevo.

Esas tribus tenían la extravagante costumbre de adorar árboles (aunque sin la malicia igualitaria de los revolucionarios ecologistas de hoy...) y ofrecerles sacrificios.

Los misioneros y monjes aprovecharon entonces la forma triangular del abeto, variedad de pino de hojas cortas, para explicar a aquellos bárbaros el misterio de la Santísima Trinidad.

¿San Columbano o San Bonifacio?

Pero las cosas no eran nada fáciles.

Se atribuye a San Columbano, monje irlandés, haber montado el primer árbol de Navidad, a comienzos del lejano siglo VII (año 615).

Él se había trasladado a Francia para abrir monasterios, pero encontraba tal indiferencia por parte de los francos y otras tribus aún semi bárbaras, que fue tentado de desánimo.

En una noche de Navidad, sin embargo, el santo tuvo la idea de cortar un abeto, único árbol verde en esa época invernal, e iluminarlo con antorchas.

Todo el mundo quedó intrigado, y la villa entera acudió a presenciar el espléndido espectáculo. Entonces, a los pies del árbol iluminado, ¡el santo monje pudo predicar a todos el nacimiento del Niño Jesús!

Otras ciudades reclaman haber sido la cuna de esa tradición encantadora. Entre ellas Fritzlar, localidad de 15 mil habitantes en la región de Hesse, en el centro geográfico de Alemania. En el año 723 San Bonifacio, monje benedictino inglés, apóstol y evangelizador de los teutones, tuvo en ese lugar una inspirada actitud que señaló una gran victoria contra el paganismo sajón.

Cerca de la actual Fritzlar, San Bonifacio derribó un enorme roble adornado, que los sajones dedicaban a Thor, el dios del trueno en la mitología nórdica. Para convencer al pueblo de que el árbol no era sagrado, el santo lo abatió a hachazos.

Al caer, el roble destruyó todo lo que se encontraba a su alrededor, menos un pequeño abeto. Según la tradición, San Bonifacio interpretó el hecho a los pobladores como una señal divina. Era el tiempo de Adviento y, como él predicaba sobre la Navidad, declaró: “De aquí en adelante, llamaremos a este árbol «el árbol del Niño Jesús»”.

El acontecimiento es considerado el inicio formal de la cristianización de Alemania.

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San Bonifacio derriba el árbol sagrado pagano. Emil Doepler (1855 – 1922). Un santo acto de radicalidad atrajo la bendición del árbol de Navidad.

Otra versión sostiene que la costumbre nació en Alsacia (noreste de Francia), región inicialmente habitada por tribus germánicas y que desde el Medioevo fue un “Estado tapón” entre Francia y Alemania.

Allí, en la ciudad amurallada de Sélestat, el emperador Carlomagno pasó la Noche Santa del año 775, e inspiró a que se erigiese el primer árbol de Navidad. Posteriormente los habitantes de la ciudad dieron forma definitiva a la ornamentación del llamado “árbol del Niño Jesús”.

Las tres versiones parecen contradecirse, pero en realidad, como la conversión de las hordas teutonas fue gradual y llevó al menos tres siglos para consumarse, la costumbre del árbol navideño demoró en establecerse, declinando y recomenzando varias veces, lo cual explica los varios “comienzos” aquí mencionados.

Del pecado a la Redención, sublime simbolismo

También se discute hasta hoy cuál fue la primera ciudad en exhibir oficialmente el árbol de Navidad. El documento más antiguo al respecto en Sélestat data de 1521, pero Riga, la capital de Letonia, reclama haber sido la primera en exponer un árbol navideño en 1510. Tal vez esta discusión durará hasta el fin del mundo...

Lo cierto, entretanto, es que en ese mismo siglo XVI, el abeto de Navidad ya era montado en el coro de las iglesias de Alsacia.

¿Por qué dentro de las iglesias? —Porque ese árbol tiene un significado simbólico grandioso, generalmente ignorado: representa el árbol del Paraíso, y por eso se lo adornaba con manzanas, para recordar la fruta de la tentación y del pecado de nuestros primeros padres.

Pero también llevaba representaciones de hostias, figurando la gracia santificante que es el fruto de la Redención, además de ángeles, estrellas de papel y muchas otras decoraciones.

Al introducir en la Navidad tal símbolo del árbol del Paraíso, la Iglesia Católica establecía un puente entre el pecado de Adán y Eva de un lado, y del otro lado la virtud de Jesucristo, el nuevo Adán que vino a regenerar la humanidad, nacido del seno virginal de la nueva Eva, María Santísima.

Y los simbolismos maravillosos se multiplican, pues también el Árbol de Navidad nos recuerda el madero de la Cruz, terrible precio de nuestra salvación. Por eso en el siglo XIX ya era conocido en algunos países europeos como el “Árbol de Cristo”.

El “árbol de Cristo” en los hogares

La costumbre de colocar en los hogares pequeños abetos adornados para celebrar el nacimiento de Jesús se extendió primero por el mundo alemán, y después a los reinos vecinos.

En el siglo XIX, esa costumbre se propagó a Francia, cuando la princesa Helena de Mecklembourg la llevó a París en 1837, tras su matrimonio con el duque de Orléans.

Y de allí no tardó en atravesar el canal de la Mancha: en 1841, el esposo alemán de la reina Victoria de Inglaterra, príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo Gotha, irguió un árbol de Navidad en el castillo de Windsor.

Desde la corte inglesa —la más influyente de la Tierra, cabeza del enorme Imperio Británico de entonces— la católica costumbre se esparció al mundo entero, como símbolo de la alegría propia de la Navidad al festejar el nacimiento del Divino Infante.

Tengamos presente este maravilloso simbolismo del “árbol de Cristo”, que complementa armoniosamente el Nacimiento, cuando en esta Navidad nos acerquemos a adorar al Niño Dios y le pidamos: “venga a nosotros tu Reino”.



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