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SORPRESA, ANÁLISIS, PERSPECTIVAS

La abdicación de Benedicto XVI: ¿Qué pensar?

REDACCIÓN - Tradición y Acción

Sábado 16 de febrero de 2013

Enorme y universal consternación ha causado el inesperado anuncio del Santo Padre Benedicto XVI, de que el próximo día 28 de febrero abdicará del Trono de San Pedro.

A la sorpresa general siguió una incertidumbre surcada de preocupación, ya que la noticia irrumpe en un momento especialmente delicado y turbulento de la dos veces milenaria historia de la Iglesia.

Turbulencia y crisis post-conciliar: el juicio de los Papas

De esas convulsiones se han ocupado los Papas recientes, posteriores al Concilio Vaticano II (1962-1965). Mencionemos apenas la conocida la afirmación de Pablo VI de que después del Concilio, la Iglesia parece sufrir un misterioso proceso de “autodemolición”, siendo incluso “golpeada por los que de Ella forman parte”; como si por alguna fisura hubiese penetrado “la humareda de satanás en el templo de Dios” [1].

Esa situación, afirmó a su vez Juan Pablo II, ha determinado que los fieles se sientan muchas veces “perdidos, confundidos, perplejos y hasta desilusionados” , porque se difundieron en la Iglesia ideas que contrastan con la Verdad revelada y desde siempre enseñada” y hasta herejías, en el campo dogmático y moral”. Lo cual ha ido “creando dudas, confusiones y rebeliones” entre los católicos, afectados por el "‘relativismo’ intelectual y moral” que se propagó tras el Vaticano II [2].

También Benedicto XVI se refirió a esa crisis. Siendo aún Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe trató de ella asiduamente, y resumió su visión en un juicio inequívoco: se esperaba que al Concilio le siguiese “un salto hacia adelante y en vez de eso nos encontramos ante un proceso de decadencia progresiva [3]. Ya ungido Papa volvió repetidas veces al asunto, por ejemplo cuando denunció la corriente eclesiástica aliada de la revolución cultural, que “identificaba esta nueva revolución cultural marxista con la voluntad del Concilio”  [4]. Dicho sea de paso: cómo esto ayuda a entender el triste caso de la ex-PUCP...

Su referencia más reciente al tema fue apenas tres días antes de anunciar su dimisión. El 8 de febrero de 2013, en su lectio divina a los seminaristas de Roma, el Papa criticó el “falso optimismo posterior al Concilio, cuando se cerraban los conventos, se cerraban los seminarios y se decía: no pasa nada, va todo bien… ¡No! No va todo bien. Hay también caídas graves y peligrosas” [5].

Sombras y luces en una situación bivalente

Los hechos confirman sobradamente esas afirmaciones papales. Hoy, cualquier católico medianamente informado está enterado de errores doctrinales o graves desvíos de conducta moral en que incurrieron en las últimas décadas tantos eclesiásticos indignos y prevaricadores —entre ellos no pocos obispos—, para escándalo de incontables fieles que, entre estupefactos y horrorizados, presencian “la abominación de la desolación” establecida en el lugar santo (cfr. Mat. 24, 15).

Con qué desolación de alma esos hijos de la Iglesia fueron conociendo casos y más casos de sucesores de los Apóstoles entregados al vicio nefando, de ministros de Dios a los cuales “más les valdría atarse al cuello una piedra de molino y ser arrojados al fondo del mar”, porque escandalizan y destrozan la inocencia de los niños a ellos confiados (cfr. Mat. 18, 6), de pastores que enseñan doctrinas anticristianas y predican el relativismo moral, y de esa forma dispersan el rebaño o lo entregan a los lobos; de seminarios convertidos en focos de corrupción moral, etc. ... Tal es el cuadro desolador, por no decir apocalíptico, visible en importantes sectores del edificio sagrado.

Sin embargo, es también verdad que el Espíritu Santo nunca deja de asistir a la Iglesia, y que por todas partes esa divina asistencia se hace notar, continua y admirablemente. Lo comprobamos en el extraordinario florecimiento del catolicismo en áreas menos afectadas por la crisis posconcilar, como el Este europeo, el África subsahariana y regiones de Asia; en la multitud de jóvenes que en Europa y América se entusiasman con la doctrina, la moral y la liturgia tradicionales; en la enérgica reacción católica a favor del verdadero matrimonio o de los niños por nacer, testimoniada este año por gigantescas manifestaciones en París, Washington y otros lugares; en el incontenible movimiento de retorno a la Iglesia Católica de cientos de miles de anglicanos, etc.

En su conjunto, por tanto, la situación de la Iglesia Católica al momento de la renuncia de Benedicto XVI es bivalente, un panorama de luces y sombras. Pero el fondo de cuadro es, indiscutiblemente, la grave crisis apuntada por los últimos Papas.

El futuro inmediato: una perspectiva realista

En ese cuadro, ¿qué pensar de la renuncia papal? ¿Qué perspectivas ella abre en el futuro próximo? ¿Y cuál es nuestro deber como fieles católicos?

Para responder, retengamos lo expuesto por Benedicto XVI, el “proceso de decadencia progresiva” que sufre la Iglesia y la “revolución cultural” que desde el campo secular busca propagarse al recinto sagrado. Y consideremos que, como explica Plinio Corrêa de Oliveira, “es propio de los procesos de decadencia complicarlo todo casi hasta el infinito. Y por eso cada etapa de la Revolución es más complicada que la anterior” [6].

Si a esto sumamos los ataques externos que sufre hoy la Iglesia, como el nuevo anticlericalismo impulsado desde los Estados laicos —sean liberales o socialistas—, tenemos un cuadro en que a la “autodemolición” se agrega el estado de persecución legal cada vez más evidente contra el catolicismo, movida por un odio cada vez menos disimulado a todo lo que es genuinamente católico. El nombre de ese odio es cristianofobia.

De todo lo visto puede preverse, en primer lugar, que la barca de Pedro deba afrontar turbulencias aún mayores. Y, en segundo lugar, que esas turbulencias podrán agravar significativamente la desorientación doctrinal y moral que ya afecta a incontables fieles.

Es también previsible que tras la abdicación de Benedicto XVI arrecie la ofensiva del igualitarimo revolucionario contra la estructura jerárquica de la Iglesia, para “democratizarla” y reducir el poder del Papado, hasta finalmente abolirlo si esto fuera posible; así como que se intensifique la acometida para cercenar los derechos de la Iglesia y acallar su voz.

En un futuro incierto, la regla de oro para todo fiel católico

En esa perspectiva, sombría pero realista, hay una regla de oro para que los fieles católicos podamos orientarnos en la confusión: es seguir el consejo de San Pablo: “Estén alertas, permanezcan firmes en la fe, pórtense varonilmente, sean fuertes” (I Cor. 16, 13).

Traducido a la situación de hoy, esto significa: perseveremos adheridos contra viento y marea a lo que la Iglesia Católica siempre enseñó. Y aun cuando “un ángel del Cielo os predicara un Evangelio diferente del que nosotros os hemos predicado, sea anatema” (Gál 1, 8). Es decir, cualquiera que aparezca enseñando novedades en temas de fe o de moral, opuestas a las enseñanzas tradicionales de la Iglesia, o que las relativicen en cualquier campo, sea rechazado: es un lobo revestido con piel de oveja.

Además, cuidemos siempre de dar el debido, reverente y leal acatamiento a la Autoridad eclesiástica, por más que la fidelidad nos imponga resistir a algún eventual abuso de este o aquel jerarca; y procuremos crecer cada día en el conocimiento, amor y fidelidad a la Iglesia y su verdadera doctrina. Esa es, repetimos, la brújula para atravesar incólumes cualquier tormenta.

Sobre todo, recemos empeñadamente por la Santa Iglesia, para que cuanto antes ella pueda emerger de su actuales pruebas resplandeciente de fe, pureza y santidad, para ser más exaltada que en sus más gloriosos días. Y con igual empeño, pidamos por el Papa Benedicto XVI y su sucesor.

Lourdes, el anuncio y el rayo: simbolismo que invita a la confianza

Por llamativa coincidencia, el anuncio de la dimisión papal se dio a conocer el día 11 de febrero, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes. Recordemos que en dichas apariciones la Virgen se presentó como la Inmaculada Concepción, y tan sólo cuatro años después de que el beato Pío IX definiera aquel gran dogma mariano. Sin duda Ella quiso así ratificar, de manera retumbante, la solemne definición papal.

Pero además, en Lourdes comienza un ciclo ininterrumpido de curaciones extraordinarias e inexplicables de enfermos (cerca de 7 mil hasta ahora, ¡una por semana en promedio, durante más de 150 años!), hecho sin precedentes en la historia de la Iglesia: allí Dios instaló el milagro, por así decir, en serie y a título permanente, y de esa manera asestó un golpe letal al ateísmo, al positivismo y a la autosuficiencia en boga desde los tiempos de la Ilustración, y después propagados por la Revolución Francesa y el naciente socialismo. Nuestra Señora de Lourdes es, por tanto, una invocación esencialmente contrarrevolucionaria.

Otra coincidencia —que ha dado lugar a múltiples conjeturas— fue el impresionante rayo que se descargó sobre la cúpula de la Basílica de San Pedro (cuya fotografía se propagó a todo el mundo por Internet, con la velocidad de otro rayo...), tan sólo algunas horas después del anuncio papal.

La conjunción de esos tres hechos el mismo día ¿no contiene un mensaje simbólico? —El mensaje parece ser: suceda lo que suceda, sobrevengan las tempestades que puedan sobrevenir, estallen tantos rayos y truenos cuantos se quiera, la protección milagrosa de la Virgen Inmaculada no le faltará a la Santa Iglesia y al Papa.

* * *

Tengamos lo anterior bien presente, en los días de turbulencia que eventualmente aguarden a la Santa Iglesia. Confiemos en que, por mayores que sean las pruebas que se puedan abatir sobre la Esposa de Cristo, permanece la divina promesa: “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mat. 16, 18): el mismo Jesucristo estará con ella hasta la consumación de los siglos (cf. Mat. 28, 19).

Y conservemos una indeclinable fidelidad a la Iglesia de Dios, sabiendo que más allá de la tempestad, le aguarda el radioso triunfo anunciado por la Santísima Virgen en Fátima.


[1Cfr.Insegnamenti di Paolo VI, Tipografía Poliglotta Vaticana, vol. VI, p. 1188 y vol. X, pp. 707-709.

[2JUAN PABLO II, Alocución del 6-II-1981 a los Religiosos y Sacerdotes participantes del I Congreso nacional italiano sobre el tema ‘Misiones al pueblo para los años 80’, in “L’Osservatore Romano”, 7-2-1981.

[3Cfr. Vittorio Messori a colloquio con il cardinale Joseph Ratzinger — Rapporto sulla fede, Edizioni Paoline, Milán, 1985, pp. 27-28.

[4BENEDICTO XVI, Encuentro con los Párrocos y Sacerdotes de las Diócesis de Belluno, Feltre y Treviso, 24 de julio de 2007, en: www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2007/july/documents/
hf_ben-xvi_spe_20070724_clero-cadore_sp.html

[6PLINIO CORRÊA DE OLIVEIRA, Revolución y Contra-Revolución, Tradición y Acción por un Perú Mayor, Lima, 2005, Parte III, Cap. III, § 3, pág. 166.



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Comentarios

  • Muchas Gracias por iluminarme como actuar.

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  • Tienes razón, el rayo no es casual. Es el anuncio de que las fuerzas del mal que trabajan en lo oculto, se abrirán abiertamente desde el vaticano, rebelándose contra el legitimo sucesor de Benedicto y la santa tradición catolica. Pase lo que pase, veamos lo que veamos, será una prueba para todos los católicos. La fidelidad al nuevo Papa sera a las finales lo único que podrá salvarnos. Como parece indicar los mensajes marianos en Akita, Medjujorge, Garabandal...Dios prepara una gran purificación, en forma de un gran castigo tras el cual la Iglesia saldrá tiunfante.

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