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LA DIVINA PROVIDENCIA Y EL CAOS CONTEMPORÁNEO

El único e infalible asidero, cuando todo se desmorona...

Roberto de Mattei (*)

Sábado 29 de diciembre de 2012

Al llegar el año 2013, el horizonte internacional acumula escenarios de crisis, augurando tiempos convulsionados que no dejarán de afectar el notable y sostenido crecimiento del Perú.
En ese panorama, ¿cómo debemos prepararnos para eventualidades desfavorables? – El artículo que sigue, del renombrado historiador italiano Prof. Roberto de Mattei, traza una certera sinopsis del caos actual, y nos da las pautas para enfrentarlo con serenidad y equilibrio de alma (subtítulos nuestros).

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Prof.Roberto de Mattei

“La Divina Providencia jamás se declara en bancarrota”. Con esta frase de San José Cottolengo concluí un editorial de “Radici Cristiane” de noviembre de 2008, en el que comentaba la tumultuosa ola levantada por la crisis financiera norteamericana, que comenzaba a cubrir a Europa. Desde entonces la tempestad se ha ampliado, hasta convertirse en un verdadero tsunami. Hoy la frase de Cottolengo es más actual que nunca, y lo será cada vez más en los tiempos difíciles y confusos que nos esperan.

Causa última de la crisis: Dios fue puesto de lado

Las causas inmediatas de la crisis económica –que es la que parece afectarnos más de cerca– son el desordenado proceso de globalización, iniciado en los años 90 por la OMC (Organización Mundial de Comercio) y la precipitada institución del euro, la moneda única, que comenzó a circular en Europa hace exactamente diez años. Pero existen también causas remotas y profundas, cuyo común denominador es que la ciencia económica y todas las otras disciplinas humanas se apartaron de los principios religiosos y morales que rigen el mundo.

Hoy, la crisis de la economía acompaña las crisis de la política y de la moral, y todas estas convulsiones tienen un origen metafísico. El mundo se ha apartado de Dios, y el Señor ha abandonado el mundo a sí mismo.

La vida actual ha sido organizada de tal manera que Dios sea puesto de lado en todo, y en el centro de todo esté el hombre. La consecuencia de esta inversión de planos ha sido una completa disgregación del sistema social. Una sociedad privada de sus fundamentos divinos y naturales está destinada en la práctica a hundirse en el caos, que es la carencia de aquellas reglas estables que presiden a toda forma de convivencia civil.

Existe una única filosofía social, que tiene su modelo en la constitución de la familia natural, fundada sobre el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, y que se nutre de las palabras de vida sobrenaturales del Evangelio.

Radiografía del caos actual

Pero hoy, el orden que brota de la naturaleza humana y de la enseñanza de nuestro Redentor, ha sido sistemáticamente invertido, empezando por la economía. El ahorro, sobre el cual otrora se basó la sociedad, ha sido sustituido por la deuda, que es el nuevo horizonte de todos aquellos que trabajan sin llegar jamás a cosechar los frutos de su esfuerzo. En nuestros días, la propiedad privada es castigada al punto convertirse en un lujo imposible. La familia no es protegida, sino combatida por los Estados, que le oponen modelos viciosos como el “matrimonio” entre personas del mismo sexo, mientras que los defensores de la moral son tratados como si fuesen marginales.

El futuro de los pueblos es ahogado al nacer, por la práctica asesina del aborto legalizado. Los nacimientos, que constituyen la riqueza de las naciones, caen en todo Occidente, al soplo de la propagación del concubinato pre matrimonial y las prácticas anticonceptivas.

Los jóvenes, sometidos a un aprendizaje escolar y universitario interminable, son después lanzados a un mercado de trabajo que les reserva la desilusión y el desempleo, mientras que la sociedad les quita toda esperanza de futuro.

A los ideales de belleza, de pureza, de honestidad, se les sustituyen la búsqueda del placer y el éxito material. En este escenario de miserias y de mentiras que es nuestra época, triunfa quien llega a afirmarse por cualquier medio y por una descarada exhibición de opulencia.

Al reinante relativismo moral corresponde el relativismo religioso, maquillado de ecumenismo. La consecuencia de esta prédica irenista (pacifista a ultranza) es el entibiarse de la fe cristiana y el derrotismo frente al Islam, que progresa en Europa con aires de conquistador.

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Los jóvenes, sometidos a un aprendizaje interminable...
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...son después lanzados a un mercado de trabajo que les reserva la desilusión y el desempleo.

Así, en este horizonte confuso y pestilente, que oprime el corazón y ofusca la mente, donde los que deben hablar callan y los que deben callar nos abruman con palabras inútiles, en momentos en que todo parece perdido, el alma privada de toda ayuda eleva los ojos a Nuestro Señor y, con inmensa confianza, se vuelve hacia la Divina Providencia.

La Divina Providencia es, en definitiva, el orden del universo creado: orden en la Iglesia, en la sociedad, en la familia, en la vida personal. Cuando la vida de los hombres y de los pueblos se desarrolla de manera ordenada, todo sucede de forma armoniosa y productiva. No hay tensión social, ni confusión en las ideas, ni incertidumbres sobre el futuro.

El orden requiere la unidad de las partes, es decir, su convergencia hacia un bien común, que es también una verdad común. Y en el universo no hay ninguna verdad, absoluta o relativa, fuera de Jesucristo, Hijo de Dios y Dios mismo, quien se hizo hombre para salvar, por medio de la gracia sobrenatural, al mundo sumido en el pecado.

Quienes en su conducta pública o privada, rechazan por principio o ignoran de hecho la existencia del pecado —del cual derivan todos los males del universo— y rechazan también la necesidad de la Gracia para vencer el mal, inexorablemente andan a tientas en la oscuridad. Y, mientras los académicos que nos gobiernan —analfabetos ellos mismos en temas de religión y de moral— pretendan resolver los problemas que enfrentan prescindiendo de la Ley del Evangelio, estarán condenados a un humillante fracaso.

Fracasos hemos visto muchos en las últimas décadas, y todavía los hemos de ver. Pues las palabras del Profeta son terribles: “¡Maldito el hombre que confía en el hombre, que depende de la carne para su ayuda, y su corazón se aparta de Jehová! Es como un cardo en la estepa desértica que, (...) vive en lugares incendiados del desierto, una tierra salada donde nadie habita” (Jeremías 17, 5-6).

Delante de lo imprevisible, confianza en la Divina Providencia

Ni los actores políticos ni los especialistas en economía están en condiciones de predecir lo que va a suceder en el mundo: y de esta misma incapacidad de previsión resulta la imposibilidad de encontrar soluciones para resolver la crisis.

Hoy, la elección es radical: o la Divina Providencia, o el caos. La Providencia tiene un poder ilimitado: todo está sujeto a su dominio, y ella es capaz de proveer a todas nuestras necesidades, espirituales y materiales. De nuestra parte, empeñémonos con todas nuestras fuerzas en enderezar lo que está torcido, comenzando por devolver a Dios su primado social. Las palabras del Evangelio son infalibles: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y el resto os será dado por añadidura”(Mt 6, 25-26). Dios cuida de las necesidades de aquellos que le sirven, y sólo quienes se alejan de Él deben preocuparse por su futuro, en el tiempo y en la eternidad.

Nada es irreversible en la Historia, excepto la Voluntad de Dios. Nuestro último recurso es la Divina Providencia que no engaña y no abandona, porque Ella es Dios mismo, considerado en sus relaciones con las criaturas. Nosotros nos reconocemos como criaturas, sacadas de la nada, sin ninguna evolución, dependientes en todas las cosas de Dios. La Divina Providencia, que es Amor, nos asiste y nos conduce de manera irreversible a nuestro fin. Y sólo eso nos basta.


FUENTE: Radici Cristiane, N° 77, agosto-septiembre 2012, Editorial. http://www.radicicristiane.it/fondo.php/id/1640/ref/1/Editoriale/L%27unico-infallibile-appiglio-quando-tutto-crolla.

 

(*) Roberto de Mattei: Historiador y escritor romano, Premio Acqui Storia 2011 (una de las mayores distinciones europeas en historiografía), por su trabajo Il Concilio Vaticano II, Una storia mai scritta (Torino, Lindau, 2010). En reconocimiento por sus servicios a la Iglesia, la Santa Sede lo hizo Caballero de la Orden de San Gregorio Magno. Fue Consejero para los Asuntos Internacionales del Gobierno italiano (2002 a 2006) y Vicepresidente del Consejo Nacional de la Investigación (2004-2011). Es Profesor de la Universidad Europea de Roma, cooperador del Pontificio Consejo para las Ciencias Históricas, miembro de la Junta de Directores del Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea y de la Sociedad Geográfica Italiana. Preside la Lepanto Foundation (Roma - Washington) y es Editor Jefe de la reputada revista Radici Cristiane y del semanario Corrispondenza Romana. Autor de varios libros, como intelectual católico se considera discípulo de Plinio Corrêa de Oliveira.



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