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UNA DETONACIÓN DE MARAVILLOSO

Modelos, arquetipos, simbolismo medieval en el siglo XXI

Francisco Marto

Domingo 15 de julio de 2012

No me uno al coro de los que afirman que “todo tiempo pasado fue mejor”. Por ejemplo, creo que hoy, inicios de la segunda década del siglo XXI estamos, en algunos aspectos (pocos, es cierto) mejor que en el último tercio del siglo XX.

¿Cuáles aspectos? —No son los avances tecnológicos o científicos, que aunque hayan traído la satisfacción de muchas necesidades, han creado otras que antes no teníamos; necesidades, muchas de ellas ficticias: pues si nuestros padres —y para no ir tan lejos, nosotros mismos (tengo 43 años, y no me considero una reliquia andante, ni mucho menos)— podíamos tranquilamente vivir sin ellas, ¿por qué hoy nos son tan imprescindibles?

En este punto me quedo en lo dicho, y dejo a cada lector analizar por si mismo los pros y contras de cada artefacto nuevo que aparece a cada día y que sustituye al del día anterior, con una velocidad casi frenética, como es frenética la publicidad que trata de mil maneras de inducirnos a que “nos pongamos al día”.

Un asombroso e inesperado fenómeno social

Hijo que soy de los locos años 60, no puedo dejar de asombrarme con los fenómenos sociales que se vienen dando en todo el mundo. Ejemplo de ello son las celebraciones por el jubileo de diamantes de S.M. Isabel II, la soberana de Inglaterra y de un conglomerado de naciones esparcidas a lo largo y ancho del planeta, que un día fueron parte del poderoso Imperio Británico.

Se diría que para estos tiempos todas las monarquías ya deberían haber sido abolidas. Los ideales de libertad, igualdad y fraternidad impuestos por la Revolución Francesa a golpes de guillotina y por decenas de otras revoluciones que esta inspiró durante los dos siglos siguientes, fueron decapitando casi todas las coronas existentes en Occidente. Y las que no cayeron, por lo menos perdieron en gran medida —si no totalmente— su antigua relevancia en las funciones de gobierno.

Pero el ocaso de las monarquías y de la nobleza no siguió un ritmo uniforme. Hubo nobles y monarcas que fueron forzados a abdicar de prácticamente todas sus funciones o quedarse apenas con las meramente protocolares o diplomáticas, creando así la sensación de una institución inservible, anticuada, poco práctica y condenada fatalmente a la extinción.

Otros, en cambio —que si hubieran aplicado un poco más de consecuencia y carácter, podían haber hecho valer la influencia moral que aún conservaban sobre sus pueblos para guiarlos en momentos difíciles— simplemente omitieron cumplir ese deber. Fueron “guías ausentes”.

Hubo, por fin, y aún hay, aquellos nobles que podríamos llamar desertores — o sea, traidores— del papel específico que le cabe a la nobleza en los tiempos actuales según la luminosa doctrina de Pío XII: son aquellos que dilapidaron el prestigio que sus estirpes habían conservado o readquirido, por no llevar la vida ejemplar que el pueblo esperaría de ellos, dando razón así al adagio romano corruptio optimi pessima —la corrupción de lo mejor da lo peor.

¿Tienen la nobleza y las elites tradicionales una misión en el mundo actual?

De los cambios políticos y socioculturales producidos después de la II Guerra Mundial emergió un mundo que, en nombre de un funesto igualitarismo (no confundir con la legítima igualdad esencial entre los hombres, que supone el amor y respeto a sus diferencias accidentales) proclamaba jactanciosamente que la nobleza ya no tenía papel a desempeñar. Pío XII salió al paso de esa falacia para desmentirla con sus célebres discursos anuales al patriciado y a la nobleza romana, recordando el alto, creciente e insustituible papel que les cabe en la sociedad actual.

Este papel, decía el Papa, se puede aquilatar por los beneficios que reciben las clases populares, la cultura y la moralidad de las naciones si la nobleza y las élites tradicionales análogas atendien a su deber: “Hoy en día la salvación ha de iniciarse donde la perversión tuvo su origen”. Esa es la “gran misión” de las clases superiores: “comenzar reformando o perfeccionando vuestra vida privada, en vosotros mismos y en vuestra casa, y la de empeñaros después, cada uno en su puesto y por su parte, en lograr que surja un orden cristiano en la vida pública”. Es una misión que “no admite dilación ni retraso”. [1]

En 1958, el mismo Pontífice insistió en que el pueblo tiene el derecho de encontrar los verdaderos modelos en las élites, y éstas tienen el deber de mostrarse tales, por medio de una “irreprensible conducta religiosa y moral, especialmente dentro de la familia”, para que “las otras clases perciban el patrimonio de virtudes y dotes que os son propias”, generadoras de “aquel prestigio personal, casi hereditario en las nobles familias, por el que se llega a persuadir sin oprimir, a arrastrar sin forzar, a conquistar sin humillar el espíritu de los demás, ni siquiera el de vuestros adversarios o rivales”. [2]

Sería imposible condensar en estas líneas toda la doctrina pontificia acerca del papel de la nobleza y de las élites tradicionales [3]; apenas agrego un trecho más de las alocuciones papales que explican, a mi parecer, el enorme entusiasmo que la Reina Isabel II causa entre sus súbditos —y también entre millones y millones que no lo somos—, como se mostró de manera vibrante y apoteósica en las recientes celebraciones por su jubileo de diamantes:

Entre esas mismas tradiciones incluís además, la de ser para el pueblo, en todas las funciones de la vida pública a las cuales podréis ser llamados, ejemplos vivos de observancia inflexible del deber; hombres imparciales y desinteresados que, libres de toda desordenada ansia de ambición o de lucro, no aceptan un puesto sino para servir a la buena causa; hombres valientes que no se atemorizan ni por la pérdida del favor de quienes están arriba, ni por las amenazas de los de abajo”. [4]

Isabel II: “Sesenta años de sentido del deber”

Precisamente, el representante de la Cámara de los Comunes, en su saludo a la Reina por el Jubileo en el Parlamento británico, afirmó que una persona que quiera encontrarse a sí misma, debe olvidarse de sí misma. Y agregó: “Su Majestad lleva muchos años haciéndolo”. Esta declaración vino a explicitar lo que los ingleses y los habitantes de otras partes del Globo sienten a respecto de la Reina. Por ejemplo, el diario francés “Le Figaro” tituló la noticia sobre el Jubileo: Isabel II, sesenta años de sentido del deber (Elizabeth II, soixante ans de sens du devoir [5]).

Hace sesenta años, cuando la Reina fue coronada declaró: “Voy a decir claro para todos Uds. que durante toda mi vida, sea corta o larga, me dedicaré enteramente a todos Uds. y a la Familia Imperial, a la cual todos nosotros pertenecemos”.

Las fotografías del Jubileo expresan cuánto ese entusiasmo es verdadero, y no deja de impresionar que después de tantos años y vicisitudes se mantenga más fresco y espontáneo que nunca. ¿Tendrá que ver con ese fenómeno el cansancio que se hace sentir en grandes sectores de la opinión pública tras tantos años de imperio de la vulgaridad, de falta de referentes, de imposición de la fealdad en los espacios públicos, de una vida chata y ordinaria, carente de ideales y vacía de contenido más trascendente?

En un siguiente artículo, si Dios quiere, examinaremos este fenómeno con mayor profundidad.








[1S.S. PÍO XII, Alocución al Patriciado y a la Nobleza Romana del 11/1/43, Discorsi e Radiomessaggi di Sua Santitá Pió XII, Tipografía Poliglotta Vaticana, vol. IV, pp. 360-361.

[2S.S. PÍO; XII, Alocución al Patriciado y a la Nobleza Romana del 9/1/58, Discorsi e Radiomessaggi di Sua Santitá Pió XII, Tipografía Poliglotta Vaticana, vol. XIX, págs. 707-710.

[3Plinio Correa de Oliveira en un magistral ensayo, compila y comenta las luminosas alocuciones del Papa a este respecto. Ver más en: "Nobleza y élites tradicionales análogas en las alocuciones de Pio XII al Patriciado y a la Nobleza romana"

[4S.S. PÍO XII, Alocución al Patriciado y a la Nobleza Romana del 16/1/46, Discorsi e Radiomessaggi di Sua Santitá Pió XII, Tipografía Poliglotta Vaticana, vol. IV, pp. 341-342.



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